Viviana Paletta


Viviana Paletta (Buenos Aires, 1967). Reside en Madrid desde 1991. En 1986 recibió el primer premio de Poesía en el I Certamen Literario para la Mujer Argentina y, en 1989, fue seleccionada en cuento y poesía en la Primera Bienal de Arte Joven de Argentina.
En 2003 integró la antología Estruendomudo y publicó su libro de poemas El patrimonio del aire. Ha participado en Di algo para romper este silencio, libro-homenaje a Raymond Carver, coordinado por Guillermo Samperio (México, Lectorum, 2005) y en Antología de seres de la noche, selección de Salvador Luis, Cecilia Eudave y Carlos Bustos (México, Ediciones Plenilunio–Florida, Letra Roja Publisher, 2006). También está incluida en la antología Los poetas interiores. Una muestra de la nueva poesía argentina, seleccionada por Rodrigo Galarza (Madrid, Amargord, 2005).
Fotografía: Guillermo Chico.

Las flores de Tántalo

«Tú, Tántalo, ningún agua puedes coger,
y huye de ti el árbol que está sobre tu cabeza.»
Ovidio, Metamorfosis, Libro IV, 458.

Cerca de la estación Malabia parábamos al salir de la redacción, en el bar Serafín. A veces iba solo, a organizar la agenda del día siguiente si me tocaba Sucesos, o el fin de semana si tenía que cubrir los partidos de la Segunda B. Las más de las noches, cuando no jugábamos al ajedrez, me quedaba ahí perdiendo el tiempo, observando a los parroquianos, quién tenía el alma atormentada, cuál se adormecía para no tomar ninguna decisión, el que escondía sus manos manchadas; los miraba uno por uno buscando inspiración para una novela que acababa postergada por la crónica diaria.
El bar lo llevaba un alemán, Keeffer, un tipo algo hosco. Sabíamos que había venido allá por los treinta, que alguno de sus antepasados tuvo una estrafalaria taberna en Berlín, donde iban ocultistas, jueces, algún ladrón, los más, alcoholizados por las barricas de vino del Rhin. Quiso repetir la fortuna de su clan, pero el bar que puso en avenida Rivadavia se le llenó de burreros, prestamistas y chupatintas como yo. A veces bromeábamos, si Keeffer había venido en un submarino a Península de Valdés, o si su verdadero nombre era Mackie. Ni nos miraba. Callado limpiaba una y otra vez el mostrador, quitaba los vasos con restos de cerveza. Tenía una mujer, corpulenta y atildada, que venía poco por el bar. Era de más lejos aún, de donde desfallece el Danubio.
Yo los observaba tratarse, comprenderse casi sin hablar en el conjunto del mundo. Y también a los policías que entraban, y se hacía más rotundo el silencio, al que pedía una copa urgente y la dejaba sin probar, a la mujer que fumaba sola viendo llover tras los cristales, o cómo se arremolinaban y se destejían las hojas en la esquina cuando soplaba una suave brisa de septiembre. Me imaginaba escenas, tramas irresolubles, la leyenda para un siglo criminal y tedioso.
Iba por allí un bebedor fiel. Discreto. Con un traje pulcro, pasado de moda, y un pañuelito encarnado en el bolsillo. Llegaba ya pasadas las nueve, cuando las familias están cenando, y se quedaba allí hasta que Keeffer echara el cierre. Sin aspavientos, bebía unas cuantas copas de cognac, con delectación o como si le costara tragar. A veces se asomaba a nuestra partida de ajedrez, y miraba los movimientos pensando en otra cosa. Tendría unos setenta años, unas gafas redondas, ningún anillo o reloj. No participaba en las charlas improvisadas sobre las carreras de Palermo, ni sobre la última asonada militar. Yo me imaginaba su vida de empleado bancario, de gris profesor. No había sido ni artista ni gángster, de eso estaba seguro. La cabeza despoblada, surcada por una gran arruga. Acaso tuviera una madre anciana, todo el día sonámbula bajo el parral sin mesura en una casa de los suburbios.
Lo que quiero contar pasó una noche de marzo, ventosa, desapacible. Estaba esperando a Laurenzi para continuar la partida que la tarde anterior habíamos dejado inconclusa. Yo tenía blancas pero el comisario no aparecía. Y entonces entró el viejo, desencajado. Y se acercó a mi mesa.
–¿Tiene un momento? –me dijo.
–Cómo no, señor...
–Alfredo Mendieta, discúlpeme. Necesito hablar.
–Diga, no se preocupe. Acá somos todos camaradas.
No se percató de la sorna, ni de mi gesto. Pedí dos copas con una botella. Me imaginé que iba para largo. Miraba para fuera como esperando una aparición, se miraba las manos. Pensé que había acogotado a la vieja con su chalina, bajo una higuera, en el rincón más profundo de su casa de la infancia. Podía tener un gran titular para Sucesos, incluso para la cabecera del periódico si no pasaba nada más interesante por el planeta. Me fijé en sus cejas que habían crecido desordenadamente, en su voz ahogada, seca.
–Tranquilícese –le dije–, tengo tiempo. Hoy hago el turno de noche.
Keeffer pasaba la escoba lentamente, y levantaba alguna que otra silla sin hacer ruido. También estaba dispuesto a escuchar una confesión.
–La vi –espetó–. Iba con una muchachita colgada del brazo, por Esmeralda...
–¿A quién vio? ¿De quién me habla?
–De ella. Está igual. Y han pasado, no le miento, más de cincuenta años.
Entonces opté por callarme. Y me dispuse a escuchar con atención.
–Me había venido de Corrientes. Quería dedicarme al cine, fíjese qué tontería. Mi padre tenía un campito, chico, un par de vacas. Se fue de Mondragón, para labrarse un futuro, como tantos, ¿vio? Esta tierra era una gloria. El gallego se rompía el alma, y yo quería ser actor. Me echó de casa. Y entonces aparecí acá, en la descomunal ciudad, y me puse a hacer cualquier tipo de changas: llevaba hielo en una bicicleta, descargaba bolsas en el puerto, abría y cerraba las puertas a los peces gordos. Y luego, al cine. Lo vi todo en aquellos tiempos, lo que se hacía acá, lo que llegaba de afuera. A veces me quedaba un pase tras otro, hasta que encendían las luces y cerraban. Solía ir a uno que estaba detrás del Congreso, no sé si lo conoció. Discúlpeme, hace tanto que no hablo con nadie.
–No se preocupe. Me han dejado colgado con una partida a medias.
–Ah, ¿no viene el comisario? Bueno, entonces continúo. Allí la vi por primera vez, como si la hubiera hallado en un bosque, o en un cruce de caminos. Pálida como una azucena. Me atreví a hablarle cuando salía del cine. Le pregunté si iba siempre a la matiné. Dijo que cuando podía, ya que cuidaba de su hermana pequeña, que estaba muy enferma.
»La acompañé caminando hasta Paseo Colón. Era tímida. Apenas vi su hermoso perfil cruzado por minúsculas venitas azules. Se escurrió entre la multitud que buscaba deprisa sus colectivos a esas horas. No pude sacarle una promesa de verla otra vez. Me imaginé dónde viviría, en un cuartucho minúsculo al otro lado del Riachuelo, en zonas de inundación. Sombrío, de techos altos y una sola camita para las dos, la foto desvaída de unos padres guardada en un cajón.
»Se me quedaron sus ojos verdes, profundos de ciénaga, clavados en la retina. A partir de ahí iba siempre al mismo cine. Me distraía cada vez que alguien entraba o salía, esperando verla. Dejaba las cintas a la mitad, daba una vuelta a la manzana, llegaba a Plaza de Mayo, volvía, como enajenado, a mi butaca.
»Como usted imaginará, claro está, volví a encontrarla, a Amalia. Hablaba muy poco, musitando, y yo me dejaba llevar por el sonido de sus palabras. Quedé embriagado con su voz de pétalo, con sus manos de pétalos. Me contaba de su hermana Clarisa, que tenía un ojo de marfil, que le compró a un anticuario, después del accidente. No había más familia. Un bisabuelo en un pueblo remoto de Europa, si aún vivía. La cuidaba como si la atormentara la culpa, aunque ella no estaba allí cuando la niña perdió el equilibrio sobre una reja, y casi se desangra. Le cosía muñecas de trapo, con retales que encontraba por ahí, que les pedía a las compasivas modistas. Las rellenaba de serrín, les hacía trenzas con lanas de colores y con botones, los ojos.
»Fue cuestión de semanas que me las trajera a vivir malamente conmigo. A mi pensión, Habitaciones Savoy, fíjese que nombre para una pocilga. Pero allí nadie preguntaba nada, ni la patrona siquiera, a mí que era el más pibe entre viajantes empedernidos y gente sin oficio confesable. Se compartía el aljibe y una letrina al fondo del patio.
»Clarisa estaba peor de lo que me podía imaginar, languidecía en un rincón, apenas probaba bocado, le susurraba a sus muñecas de trapo como todo entretenimiento. No había aprendido a leer, a veces improvisaba un estribillo. Yo quería ahorrar, y que la viera un buen médico, incluso de Barrio Norte; pero Amalia evitaba el tema, pedía que no insistiera, que no había nada que hacer. Y que ella siempre la cuidaría.
»Yo trabajaba hasta bien tarde. Cuando llegaba, la niña dormía en el regazo de su hermana, que la envolvía como un pájaro. Clarisa respiraba levemente, apretando el rostro contra su muñequita. La pasaba a su cama con cuidado, parecía un ángel aletargado, sin peso. Musitaba entre sueños. A veces me esperaba con un ponche caliente, si había ron en casa. Otras, adormilada, Amalia me miraba sin reconocerme cuando se acostaba a mi lado, los ojos desmayados de placer, la boca de lirio. La abrazaba por la espalda para que volviera a dormirse.
»Salíamos poco, cuando yo no estaba cansado, alguna nochecita, alguna vuelta por el centro. Dejábamos a Clarisa abrigada en nuestra cama. Decía Amalia que le gustaba esa monotonía de pasar el día sola, que yo volviera a casa para ella, que le llevara regalos. Le encantaba abrir los paquetes, desplegar alguna túnica de profundo granate, cualquier prenda que simulara satén, pulseras que le llenaran el brazo y tintinearan al moverse. Como si proviniera de algún mundo suntuoso y lejano, algo que hubiera perdido para siempre y que quisiera remedar con mis pobres baratijas. Apenas sonreía. La ropa, corría a probársela, y daba vueltas a mi alrededor. No había espejo en la habitación, y sólo me tenía a mí para observarse. Se ensortijaba el largo cabello y se hacía peinados incomprensibles, en las tardas horas del día. A la niña también le trenzaba la melena, tejía una especie de tela de araña, como una de esas barbas floridas de los reyes babilonios que uno ve en los libros de Historia. Se las adornaba con hilitos de plata. Y luego la envolvía con un chal que enroscaba alrededor de su cuello, a modo de guirnalda, y la acunaba como a una demente.»
Lo escuchaba al viejo sin sabér adónde quería ir a parar. Ya estaba perdiendo la cuenta de sus copas, y las mías. Y Laurenzi seguía sin aparecer. No creo que se inventara todo esto para beber de gorra, no lo había hecho nunca. Keeffer iba y venía aburrido, escuchando a ratos esa memoria equívoca de Mendieta, quizá una fantasía senil: una amante primorosa, diestra con la seducción y con la holgazanería, y una niña enclenque, que ni chistaba. Amalia, como una madre vaporosa e intangible, con la piel de los veranos que se fueron para siempre.

–Así pasábamos el tiempo, imagínese. Yo narcotizado, el alma atravesada por esa mujer, trabajando desde el amanecer para su inverosímil monotonía. Ella, siempre sombría, como tras de un velo, atenta a su hermana pero convencida de lo baldío que era hacer nada, y la niña perdía la color y el habla, flor de un día.

Mendieta se frenó en seco. Miró a la puerta otra vez. Hacía rato que no entraba nadie al bar. Keeffer hacía cuentas sobre un periódico, y yo atentísimo como estaba, volqué gran parte del cognac sobre la mesa. Nadie se dio cuenta. El viejo sacó un pañuelo y se frotó la frente bruñida. También la boca. Y no pestañeaba cuando volvió a hablar.

–No le miento, no sé cuánto pudo durar aquello. No escribía ni a mi madre ni a mis hermanos, no tenía un trabajo fijo, no tenía amigos tampoco entonces. Quizá un año, un poco más. Eso sí, no hubo casamiento, ni la llevé a Corrientes para que la conocieran mis viejos. Un día volvía de unos estudios cinematográficos, feliz porque había hecho de figurante, con pinta de matrero, en una película sobre un gaucho lobizón, mi primer papel. Iba a ser el único. Me pagaron bien por esa pavada de simular que jugaba a los naipes en una pulpería, de donde el protagonista, una estrella de aquellos tiempos, iba a salir muerto. Compré un buen vino, unos ravioles, y fruta exótica. Pensé que le encantaría a Amalia. También una cajita de música, con una especie de hada dentro, para Clarisa. Subí exultante las escaleras. Parecía que no había nadie en la pensión, y eso me alegró más. Hasta podríamos bailar después de la cena.
»Me encontré la puerta entreabierta. Una vela encendida junto a la cama. Dejé las cosas sin hacer ruido. Amalia no estaba. Me acerqué a la niña para taparle los piecitos. Estaban helados. Eran unos pies hermosos, blancos y distinguidos, como de estatua. Hubiera sido alta la muchacha. Tenía el pelo sobre la cara, enmarañado, y faltaba su ojo de marfil. Me impresionó ese agujero en rostro tan delicado, y entonces observé dos diminutos puntos en su cuello, y un hilillo de sangre púrpura que había manchado la almohada. Acechando con sus minúsculos caracteres de una lengua remota.
»Pensé que me mareaba, y fui a buscar un vaso de agua. Chamuscado sobre la hornalla, abierto como si tuviera pétalos, estaba el ojo de Clarisa. Salí corriendo de la pensión, no atiné a avisar a nadie, ni a la patrona, ni llamé a la policía. ¿Sabe? Después de aquello no la volví a ver; pensé incluso que había sido una alucinación, que un día me la encontraría a Amalia bien casada, que me haría un reproche por mi huida, seguro que me preguntaba si había ido a probar suerte a Europa. Se me ocurrieron miles de conjeturas, llegué a recorrer las morgues de la ciudad, a perseguir a las mujeres que rondaban tarde por los cementerios. Pensaba en Clarisa, en si era la primera vez que se moría.
»Y hoy la volví a ver, a Amalia, exactamente bella como era, con sus veintipocos años, envuelta en un vestido carmesí tocado de pedrería. A este viejo achacoso ni lo miró cuando se lo cruzó por la calle. Me quedé sin habla. Iba con una niña colgada del brazo, algo rubiecita, igual que Clarisa. Apenas una chiquilla, y ya ajada como las violetas. Se ve que ya llevan algún tiempo juntas.
Inclinó la cabeza. Luego, hizo el ademán de sacar la cartera. Con un gesto le di a entender que no lo iba a permitir. Guardó el pañuelo. Se levantó despacio y colocó la silla en su sitio. Creo que musitó «discúlpeme», pero no estoy seguro. Cuando se cerró la puerta tras de sí, supe que no iba a volver por allí, que no lo iba a ver por los alrededores. Que ya no volvería a cruzarme con el viejo. Sólo me quedaba esperar que Laurenzi no me fallara al día siguiente, para retomar la dilatada partida. Y aprovechar a contarle esta historia y dejarlo que, lacónico, sentenciara que al menos Mendieta había probado algún fruto del huerto de Tántalo.

1 comentario:

maria jesus dijo...

Soberbio!!!! este cuento de Tántalo.