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Javier Puche


Javier Puche nace en Málaga en 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico. Realiza estudios de postgrado en la Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid, donde obtiene un Máster en Creación Literaria. Ha trabajado como corrector de estilo, como crítico musical y como guionista de televisión. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías.
Recientemente, ha obtenido una mención especial en el I Premio de Relato mínimo Diomedea por su cuento El secreto del universo. Acaba de inaugurar la bitácora: http://puerta-falsa.blogspot.com


El secreto del universo

Las fichas del Intelect estaban esparcidas por el suelo formando palabras incomprensibles. Al descubrir las letras en desorden, el bebé emitió un prolongado balbuceo de júbilo que le hizo perder su chupete. Acto seguido, se acercó gateando para jugar un rato con aquel pequeño caos (nada de esto logró despertar a la madre, entregada a un plácido y negligente sueño frente al televisor). Al cabo de unos instantes combinando fichas, siempre con un hilo de baba en la boca, quiso el azar que sus minúsculas e inconscientes manos compusieran un enunciado que, además de poseer una belleza formal deslumbrante, contenía el secreto del universo. Pero el milagro fue breve: de súbito, la criatura hizo desaparecer su obra de un manotazo. Ni siquiera yo, que supuestamente soy un narrador omnisciente, tuve tiempo de leer lo que allí ponía.

La partida

En la mesa de billar sólo quedaban dos cabezas. Tras apurar su gin-tonic, Alá realizó un disparo formidable: la cabeza del musulmán recorrió el tapete hasta chocar estrepitosamente contra la cabeza del judío, que se perdió en la tronera del fondo. Asombrado por la pericia del golpe, Yaveh no tuvo más remedio que invitarlo a otra copa.

Texto amarillo

Una expedición de cien mil chinos histéricos visitaba un inmenso campo de girasoles bajo la displicente y furibunda luz del sol. Al percibir que su territorio era invadido, los insectos de la zona reaccionaron con violencia: las cigarras –cuyo zumbido electrizaba el aire- intensificaron súbitamente su chirriante melodía, y las avispas –de colosales dimensiones todas ellas- exhibieron de inmediato el fulgor de su aguijón. Víctimas del espanto, los cien mil chinos histéricos arrojaron por los aires sus cámaras de fotos y, antes de salir corriendo despavoridos, estallaron en un grito unánime que hizo resquebrajarse el cielo.

Los caramelos

En mitad de la mesa, hacinados en un cóncavo recipiente, duermen los caramelos. Su sueño es dulce y sin ronquidos. La mano que elegirá a uno de ellos todavía está lejos, ni siquiera ha entrado en la habitación, ni siquiera ha pulsado el timbre de la casa. Cuando esto suceda, cuando la mano salga al fin del bolsillo, pulse el timbre, entre en la habitación y se aproxime a la mesa, los caramelos se desprenderán de su dulce sueño agitándose levemente, y cada uno de ellos rezará esperanzado a su dios particular (de color rojo, de color verde, de color naranja) para ser el elegido y disolverse para siempre en el cielo de una boca.

Error burocrático

La espada enemiga dividió al cristiano en dos mitades. Por un incomprensible error burocrático, la mitad culpable fue enviada al cielo y la mitad inocente al infierno. Lo paradójico del caso es que, tras cierta perplejidad inicial, ambas mitades fueron eternamente felices.

El mosquito

Aquel zumbido afilado penetró como una aguja en mi sueño, devolviéndome de golpe a la vigilia. Aturdido por el cansancio, estiré el brazo y encendí torpemente la luz. Pronto descubrí al mosquito, cuyo extraordinario tamaño me estremeció. Presa del pánico, cubrí todo mi cuerpo con la sábana, pese al intolerable calor estival. Desde mi provisional refugio podía oír con nitidez el vuelo espeluznante del mosquito, su vaivén continuo y amenazador. Tras unos minutos, el zumbido cesó por completo, lo cual me proporcionó cierta calma. Aproveché entonces para examinar mi cuerpo en busca de alguna picadura. Por suerte estaba intacto. Seguidamente, hice acopio de valor y decidí asomar un poco la cabeza con objeto de localizar a mi adversario. Fue sin duda un gesto imprudente, porque al retirar la sábana, un intenso pinchazo me perforó la sien y perdí el conocimiento.
Nadie en su sano juicio creerá lo que sucedió después. Mi primera sensación tras recuperarme del ataque fue de extrema levedad física (la ley de la gravedad parecía haberme abandonado). Luego advertí con estupor que los objetos de mi cuarto habían crecido inexplicablemente. Traté de rascarme la cabeza, pero no encontré mis manos. Tampoco mis brazos ni mis piernas. Una vertiginosa lucidez me hizo comprender de repente la situación: el mosquito no sólo me había succionado la sangre sino también la memoria. Mediante la picadura, todos mis recuerdos fueron transferidos de un cuerpo a otro, quedando mi identidad atrapada en el interior del insecto. Para verificarlo, agité las alas y volé hasta el armario, desde donde pude contemplar mi antiguo cuerpo, que yacía inconsciente en la cama. No sentí la menor tristeza (mi sistema emocional quedó simplificado al mínimo). De hecho, he aceptado con naturalidad mi transformación, acaecida hace ya algunas noches. Ahora me encuentro en el escritorio de un vecino, redactando trabajosamente estas líneas mientras él duerme, y a punto de canjear mi extenuada identidad por la suya. Pero debo concluir, porque se está acabando la sangre con que escribo.

Arrogancia

Un mal día, el hombre invulnerable tuvo un ataque de arrogancia y, tras prescindir por vez primera de su calzado habitual, marcadamente juvenil e innovador, decidió ponerse los zapatos de su difunto bisabuelo, sin contar en absoluto con que el pasado y la decrepitud, que esperaban al acecho la ocasión propicia, le invadieran de golpe a través de una imperceptible herida que tenía abierta en el dedo meñique del pie izquierdo, provocando su muerte instantánea.

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Carlos González Zambrano


Carlos González Zambrano nació ideológicamente en el Sur, en 1973. Cursó estudios universitarios por allá cerca, lo que le abocó irremediablemente a un trabajo precario y un sueldo bizco. Es un gran amante de la lectura, afición que ha contribuido a mejorar el léxico de su pareja, que se ha visto obligada a recurrir con frecuencia al diccionario en busca de nuevas variantes de recriminaciones para demandar atención.
Extremófilo confeso, practica semanalmente terapia en su blog http://extremofilos.blogspot.com
Actualmente escribe a ratos.


Aquellos maravillosos años

Mi infancia, como la de cualquiera, estuvo plagada de monstruos. A los dos años, el lobo comenzó a importunar mis primeros pasos y coartaba mi recién estrenada verticalidad. Cuando comenzaba a domarlo, la bruja asomó su verruga y tomó el relevo en mis pesadillas. Los círculos que trazaba con su escoba señalaban la frontera de mis incursiones. Tenía cuatro años la primera vez que me llevó el hombre del saco. Sus secuestros duraban lo justo para mantenerme atemorizado y evitar que nadie reparase en mi ausencia. Para mi quinto cumpleaños, me regalaron la amenaza del coco, cuya asechanza inquietó varios años de mi vida.
Con el tiempo, los monstruos se hicieron noctámbulos y mi insomnio, crónico. Las ranuras de los armarios se poblaron de ojos, los bajos de las camas se llenaron de murmullos y la ropa de la cama amanecía mojada con frecuencia. A punto de abandonar la infancia, el monstruo de la ceguera perturbó mis primeros episodios onanistas en el cuarto de baño.
De todos aquellos monstruos, ninguno tan terrorífico y perdurable como la silueta que llenaba el marco de la puerta de mi dormitorio y que anunciaba su visita con estrépito de cristales rotos. Las noches en que aparecía, me zambullía en las sábanas y permanecía inmóvil, con la esperanza de no ser descubierto. Algunas mañanas me despertaba con extrañas marcas en los brazos y evitaba mirar hacia la puerta, temeroso de descubrir la silueta del monstruo, que a esas horas besaba a mamá en la mejilla y se despedía hasta la tarde.

El manicuro

Apenas tenía cuatro años cuando descubrió algo que habría de marcar el resto de su vida: las uñas crecían. Muy pronto tomó la determinación de sorprenderlas en pleno proceso de crecimiento, hasta el punto de transformarse en una obsesión. Tardó poco en adquirir la condición de insomne y no dudó en recurrir a las drogas para ahuyentar el sueño; tal era su empeño.
Escogía sus amistades y sus parejas en función de las uñas; poco importaba que fueran mujeres de ubres bizcas, carentes de conversación, que emanaran un aliento de cloaca o exhibieran costumbres portuarias; bastaba con que exhibieran uñas fuertes y bien esculpidas. Estudió manicura y montó su propio gabinete de belleza y estética. Para sus vacaciones, elegía algún pueblo incomunicado, donde nada le distrajera y pudiera dedicarse en cuerpo y alma a la observación de las uñas.
También inventaba trucos, que le granjearon entre sus conocidos fama de excéntrico: se pintaba las uñas con colores llamativos, creyendo que así le resultaría más sencillo percibir el crecimiento; practicaba muescas en las uñas, con idéntica intención; se ataba las manos a los barrotes de la cama y las grababa en vídeo mientras dormía.
Las rarezas se acrecentaron tras la jubilación. Con todo el tiempo a su disposición, ingresó de modo voluntario en un asilo, y no hacía otra cosa que observar sus manos. Confiaba en que la senectud le confiriera una serenidad que le posibilitara adaptarse a la velocidad de crecimiento de las uñas.
Nada le dio resultado.
Finalmente, su insistencia pareció tener recompensa: cuando exhalaba su último aliento, creyó apreciar el crecimiento de las uñas. Eso sí, siempre le quedaría la duda de si realmente había visto las uñas crecer o la piel retraerse.

Pasarela

Mientras le abrochan el último botón del vestido, de la misma talla que el de las modelos de las revistas, piensa con satisfacción que, después de todo, ha merecido la pena tanto sacrificio, que tantos días sin probar bocado han servido para algo. Pero enseguida vuelve a sentirse frustrada al comprobar que el ataúd que le están probando le queda demasiado estrecho.

Verdades como cuchillos

Si fuese sincero contigo correría el riesgo de decirte la verdad.

De tal palo

-Cada día te pareces más a tu padre- le dijo a su pequeño ovillada en un rincón, con el labio partido y dos costillas rotas.

El goce hace el cariño

Ni verse podían, así que optaron por hacerlo con las luces apagadas.

Reciprocidades

Desde que conocieron la noticia esta mañana, no se miran igual. Sentados en los bordes opuestos de la cama, se evitan, se dan la espalda. Saben que es absurdo permanecer así toda la noche, así que al cabo se tumban, se tapan con las sábanas, apagan la luz, se dan las buenas noches; pero no logran dormirse: aquella palabra preñada de culpa revolotea sobre sus cabezas como un moscardón impertinente. Bien entrada la noche, los cuerpos, que nada saben de cargo de conciencia, actúan por su cuenta: se aproximan, se tocan, se relajan, se acomodan, la espalda de ella contra el pecho de él. Mientras, el moscardón continúa zumbando su culpa. Transcurridos unos minutos, ella se gira y le encara, él la toma de la cintura y la atrae para sí. Se miran, se sonríen. “Nuestro hijo va a salir tonto”, dice él. “Como nosotros”, dice ella. Y se besan, se acarician, se descubren, se dilatan las pupilas.

Seres mitológicos: el amado

A la enamorada le bailaban mariposas en el estómago y se sentía como en una nube, y no era para menos: el amado le había guiñado un ojo. La amiga, que presumía de pragmatismo y se jactaba de tener los pies en el suelo, le aconsejaba que no se confiara, todos los hombres son iguales, le decía también. La enamorada no escuchaba o fingía no escuchar, y observaba alelada un punto indeterminado frente a ella. Acuérdate de la última vez, te ilusionas demasiado y luego, ya sabes, razonaba la amiga, tratando de no resultar demasiado brusca. Pero la enamorada no sabía y se limitaba a sonreír. ¿Estás segura de que te ha guiñado?, ¿no habrá sido un simple parpadeo?, probaba la amiga. Tu problema es que no confías en nadie, respondía la enamorada, segura del guiño, y así te va, apostillaba con cierta malicia.
Ajeno a todo, el cíclope pensaba en sus cosas.

Cuento de más horror si cabe

a Arreola

El fantasma que amé se ha convertido en mujer.


Un cliente habitual

Después de todo un día en la carretera, era de agradecer que usted me recibiera con una sonrisa de oreja a oreja. Acostumbrado a la rutina de los hoteles, le entregué enseguida el DNI y usted asintió apenas. Bienvenido, señor Parrado, me dijo sin borrar la sonrisa, su habitación es la 2032, segunda planta a la derecha, el ascensor se encuentra al fondo del pasillo. Recogí el equipaje del suelo y la llave que usted me ofrecía. Una placa en la solapa de su chaqueta me reveló que su nombre era Carolina Ferrer. Me retiré a mi habitación pensando en el cliente que debía visitar al día siguiente para instalar un nuevo programa informático. Antes de tomar el ascensor la miré de reojo desde el fondo del pasillo y me pareció ver que aún sonreía.
Ese mes regresé en cuatro ocasiones al hotel por motivos laborales, tres veces fue usted quien me dio la bienvenida con su sonrisa de oreja a oreja y me entregó la llave de la habitación, siempre la 2032; la cuarta me recibió un chico joven, con el nudo de la corbata ligeramente desplazado hacia la derecha y una justa corrección. Me alojó en la 3124. Aquella noche apenas pude dormir.
Una vez instalado el programa, bastaba con que viniera cada tres meses, y más por mantener la confianza del cliente que por necesidad real. De buenas a primeras, me encontré pretextando motivos para volver a su ciudad y urdí nuevas visitas. Reservé habitación en su hotel varios fines de semana consecutivos, con la única intención de encontrarla tras el mostrador. En esas visitas pude recorrer las calles como lo haría un turista, distraídamente, sin prisas, y creo que empecé a amar su ciudad simplemente porque era la suya, señorita Ferrer. A esta predisposición al esparcimiento contribuyó el hecho de que siempre la encontraba a usted tras el mostrador, coincidencia que me llevó a sospechar, primero, y a desear, después, que usted chequeaba todas las semanas las reservas y hacía coincidir su turno con el día de mi llegada.
No tardamos en establecer conversaciones más allá de los saludos; excusados en mis visitas a la ciudad, usted inventaba recomendaciones, yo agradecía, usted proponía alternativas, yo le sugerí un libro, usted aconsejó una película.
Así las cosas, parecía natural que un sábado se ofreciera a acompañarme al museo al día siguiente, en su día libre, a una exposición itinerante de arte persa. Accedí, por supuesto, a pesar de que el arte persa no me interesaba lo más mínimo. El domingo transcurrió más rápido de lo habitual, usted me explicaba los detalles de la exposición, yo pensaba si todo eso lo sabía de antes o lo había memorizado para mí, almorzamos en un bar cerca del museo, luego paseamos por la orilla del río y hablamos de esto y de aquello, y ya avanzada la tarde nos despedimos en una parada de autobús, yo camino del hotel, usted de su casa.
Fue un día maravilloso, y no supe si agradecérselo o agradecértelo.
En mi siguiente estancia en el hotel, te encontré sonriendo como de costumbre tras el mostrador de recepción, te enseñé el DNI y usted, en lugar de entregarme la llave de la 2032, me diste la de tu casa. El lunes llamé a la empresa para pedir el traslado a tu ciudad, que me concedieron sin demasiadas trabas.
A partir de entonces, jugábamos a que tú eras la recepcionista y yo el cliente: yo llegaba a casa y te mostraba el DNI, y tú sonreías y me dejabas pasar. Luego, con la excusa de hacer el juego más ameno, ensayamos alternativas: el nombre de mi DNI no coincidía con ninguno de tu listado, chequeabas todas las entradas previstas para el día y descubrías que mi nombre estaba mal trascrito, recuperabas entonces la sonrisa y me entregabas las llaves de tu casa. Otra veces yo olvidaba el DNI, tú no tenías más remedio que mantenerte firme y negarme la llave, yo trataba de hacerte ver que era un cliente habitual, te retirabas un instante a consultar con tu jefe y finalmente me dejabas pasar, no sin dejar de advertirme, con una sonrisa que me parecía forzada, que la próxima vez no me darías la llave si olvidaba el DNI, son normas del establecimiento.
Hartos de la misma rutina, nos dio por complicar el juego: yo llegaba al mostrador y sacaba el DNI, tú sonreías como siempre, mirabas tus listados, levantabas la cabeza y me decías que no tenía reserva, yo intentaba convencerte de lo contrario, te daba nombres de secretarias, de agencias de viajes, tú verificabas tus listados y negabas con la cabeza a cada nombre que yo te daba e ibas borrando la sonrisa, simulábamos entonces una discusión que poco a poco subía de tono, yo afirmaba con convicción haber efectuado la reserva, tú negabas sin sonrisa, finalmente deducías de mis palabras enojadas que la reserva la habían hecho para el día anterior, me explicabas seria que al no haber llamado para modificar la llegada, la reserva se cancelaba automáticamente, censurabas mi actitud con tu seriedad y acababas por entregarme la llave, aclarándome que había tenido suerte de que hubiera una habitación disponible aún.
A pesar de los cambios que íbamos introduciendo, el juego terminó por aburrirnos. Tú, que siempre fuiste más cabal, propusiste ponerle fin, pero yo, en un último intento de prolongar la diversión, me presenté ante a ti sin previa reserva y exigí la llave con severidad, tú me recibiste con la sonrisa de siempre y me dijiste lo siento, no hay reserva a su nombre, yo protesté como nunca, te increpé con una actitud chulesca, tú guardaste las formas y te esforzaste en buscar una habitación, lo lamento, caballero, me dijiste, de momento no hay habitaciones disponibles, es posible que un cliente abandone la habitación un día antes de lo previsto, si no le importa esperar un rato, dijiste, yo me senté frente a recepción y fingí un enojo que a estas alturas casi lo creía cierto, estaba convencido de que había alguna habitación libre que no me dabas, tú permanecías seria tras el mostrador, mientras dabas la bienvenida y despedías a otros clientes. Al cabo, me acerqué al mostrador y volví a preguntar por la habitación, seguro que hay alguna habitación reservada para los clientes habituales, dije, todos los hoteles lo hacen, apostillé, tú mirabas los listados sin levantar la cabeza, ¿cree usted que si hubiera alguna habitación libre no se la daría?, respondiste en tono neutro, y yo regresé malhumorado al sofá. Pasados unos minutos, me llamaste con un gesto de la mano, ya tenemos habitación, dijiste, aquí tiene su llave, señor Parrado, dijiste también, y yo recogí la llave de la 2032 y me perdí en el pasillo, con la convicción de que no regresaría más a este hotel, señorita Ferrer; no se puede tratar así a un cliente habitual.

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José Antonio Ruiz


José Antonio Ruiz (Madrid, 1972) reside en Helsinki. Mozo de almacén, traductor y profesor de español según qué días, escribe y dibuja y se licenciará en breve en Filología Hispánica. Ha publicado en diversas publicaciones y en la antología para jóvenes escritores finlandeses Ryhmä 99 (Grupo del 99) de la editorial Tammi.

La prosperidad del alambre de espino

Sigue siendo un misterio que llegara a X cuando en realidad él se dirigía a Y. Lo fácil sería pensar que se equivocó de tren, o que se quedó dormido y el tren realizó un cambio de vía no contemplado en el trayecto. Alguien con la imaginación audaz pensará que debió de perder la memoria, que se golpearía la cabeza al salir, trastabillado, del coche-restaurante —las copas de más, el talud de la cordillera, el vértigo de mirar las traviesas—. Pero es inútil buscar una explicación sencilla. Simplemente no hay explicación. Quizá porque esta historia se parece demasiado a la de cualquiera.
Con ese aire indefenso tan común en las estaciones de tren, nuestro héroe corría de un panel informativo a otro, cotejando letreros, preocupado por encontrar su andén. Se marchaba. Como nos hemos marchado todos alguna vez. Aún puedo oírlo improvisando argumentos —como quien consulta con la almohada— con la máquina expendedora de café. Cuánto coraje hace falta para tomar cualquier decisión, cuánto le temblaba la voz al oprimir el botón del café capuchino. Después lo veo caminar por el andén, sacando el billete manoseado y húmedo, cerciorándose una vez más. Sí, sí, este tren se dirige a Y. ¡Viajeros al tren!
Valor, se dice el héroe al entrar en el vagón de segunda, sosteniendo en alto el billete, buscando su asiento. ¿Acaso no podría ser éste su número de la suerte? Dejó la única maleta en el portaequipajes y se sentó junto a la ventanilla. En la maleta llevaba una muda limpia, un cepillo de dientes y un muestrario de alambre de espino. Porque él creía en el futuro, y en el alambre de espino. El vagón se llenó de pañuelos blancos, de manos, de aceleración. Después se oyó el sollozo o el bostezo de una mujer, y el crujido de unos asientos viejos y achacosos, tapizados de fantasía en algún sótano de extrarradio. En el andén quedó el bochorno, y los bancos vacíos, y un niño que perdía a la carrera. Nuestro héroe apoyó la cabeza en el cristal y se despidió de nadie.
Más tarde, al quedar atrás los suburbios y las fábricas, allí donde las casas se escondían ahora entre coníferas y menudeaban las vacas, llegó la cantinela del revisor pidiendo los billetes. Avanzaba por el pasillo con el paso renco, sorteando los cazamariposas de las niñas y los resfriados del aire acondicionado. Qué bien las ciudades de veraneo, los aguijones de las abejas, las faldas de las montañas. Billetes. Billetes. Y es final de trayecto, sí, señor. Yo calculo que llegaremos en tres horas. Y el revisor que marcaba con dos agujeritos, como el mordisco de un vampiro, el billete del héroe. Horas después, con algo de retraso, el tren se detenía en X sin ninguna explicación.
Era una tarde cálida, de isobaras benignas y renacuajos en las charcas. Los viajeros bajaban del tren, cargando sus bultos, a reunirse con los suyos. Había abrazos y risas en el andén, y confeti al fondo, y un niño que jugaba a la rayuela. Se vacían de gente los vagones, se llenan de silencio. En un compartimento privado alguien olvida un puñadito de tierra, mientras el último camarero recoge vasos muertos de risa en el coche-restaurante. Adiós a la estación. Todos quieren ir a casa y estar rodeados de un olor familiar, ojalá que a torrijas. El fin de semana, si hace bueno: Bueno, te llevo al teleférico. Sílbame un taxi.
Los viajeros abandonan la estación y se pierden. Más tarde se cruzan, o se encuentran en éste o en otro tren. Unos se recuerdan y hacen un gesto ambiguo, un saludo con reserva, y piensan eso de que el mundo es un pañuelo.
Nuestro héroe también ha bajado del tren. Está en X y no se queja. Además, tampoco puede decirse que le haya ido mal aquí. Más bien todo lo contrario. Se ha casado con una mujer de manos finas y delicadas, con una sonrisa sincera y un alegre vaivén para cruzar las calles. Tienen una hija de pocos años. La niña, pizpireta, reniega de las coletas los días de fiesta. Siempre anda saltando a la comba, o subiendo a los manzanos; no hay manera de que se esté quieta la niña, de que sus rodillas no estén rasguñadas. Es un trasto, sonríe la mujer de nuestro héroe. Qué bien recita ya la tabla del siete, dice él, viéndola corretear por el jardincito del chalé adosado. Por si fuera poco, el alambre de espino ha florecido en las tapias. Trepó primero la pared del cementerio. Luego lo vieron subir a las cancelas de las casas solariegas y bordear el recinto del colegio. Las urbanizaciones de chalés adosados lo acogieron también con esperanza: Qué buenas propiedades las de este alambre, cuánta confianza inspira, se oía por sus calles hospitalarias. El suyo es un negocio próspero. Le ha ido bien X, no hay duda.
A nuestro héroe le gusta despertar temprano, cuando todos duermen y el sol aún no aprieta. Silbando alguna melodía, riega entonces las gardenias que florecen cada primavera en el jardín. El héroe y su mujer se llevan bien. Yo creo que se quieren, aunque a veces estas cosas se olvidan con el tiempo. Quince años de casados no los cumple cualquiera, le felicitan los vecinos, afables, en la cola de la pescadería. Mañana también calor. Mañana no deje usted de ir a la feria. Un espectáculo. Todo un espectáculo, le dicen también.
Qué bien le han recibido todos en X, con los brazos abiertos. Qué amable y servicial es la gente de aquí. Basta que haga falta cualquier cosa para darse cuenta. Sal, un huevo, casi no hay ni que pedirlo. En Y, quién sabe cómo será la gente, se dice nuestro héroe. Tal vez los ciudadanos de Y sean ariscos y taciturnos y no reciban bien a los forasteros. Allí no será tan festiva la bocina del camión de los helados, ni se cubrirán de púrpura los árboles en otoño, ni habrá ferias de este relumbre. En Y, tal vez sean tristes los letreros. Nuestro héroe piensa en estas cosas, en Y, mientras riega las gardenias; los remordimientos acechan desde el fondo de la regadera.
El héroe y su mujer son felices, ¿no? Él podría pasar horas contemplándola, la vida entera. Nadie cree en él cómo cree ella, nadie recoge con esa gracia las hojas caídas en la hierba. Si él se lo pidiera, la mujer se despertaría temprano para prepararle el café. No lo dejaría solo silbando a las gardenias. Solo en la cocina, con la resistencia del tostador. Un día bizcocho, otro tortas de anís. Hoy, pan frito. Ella lo haría encantada, con todo el amor del mundo, ¿no? Lo despediría en la puerta con un beso, como hacen tantas otras esposas. Adiós, cariño, no trabajes demasiado. Pero él no se lo pide. Él la deja dormir. Porque en esos ratos que pasa solo —en la cocina desierta, en el jardincito de las gardenias— nuestro héroe piensa en Y. En la mesa, sí, está abierto el muestrario del alambre de espino, y él lo estudia con naturalidad, como un hombre que se va al trabajo. Pero cuando hierve la cafetera, con el ruido antiguo de un tren de vapor, a nuestro héroe le asaltan los remordimientos. ¿Por qué la felicidad no basta?
Él sería dibujante en Y. Un gran dibujante de cómics. Qué bien se le daba el dibujo en el colegio, con qué afán llenaba las cuartillas: una granada de mano, un biplano de acrobacias, una heroína enjaulada. Cuánta admiración y cuánta envidia despertaba entre sus compañeros de clase. Dibújame un pez volador, tú.
El héroe piensa en su vida en Y, se pregunta cómo será. Tal vez en Y lo despidan con un beso en la puerta. O tal vez allí no tenga ni esposa ni hija. Sí, a mí me parece que en Y él es soltero y dibuja cómics. Las mañanas más lúgubres —porque en X también hay mañanas así— piensa en aquel viaje en tren ya lejano y también él intenta ponerle alguna explicación, algún túnel en el que se quedara dormido, algún traspié y un golpe en la cabeza. ¿Le esperaría alguien en la estación?
Ahora, en este preciso instante, debe de estar lloviendo en Y. La gente abrirá los paraguas o se refugiará en algún café o… ¿Qué hará la gente? ¿Cómo será esa ciudad? Nuestro héroe se dice que uno de estos días piensa averiguarlo. Comprará un billete de tren e irá a visitar la ciudad. Uno de estos días. Quizá mañana mismo. Pondrá en la maleta la muda limpia, el cepillo de dientes y el muestrario de alambre de espino. Seguro que en Z será igualmente feliz.

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Manuel Benet.


Manuel Benet nace el 5 de noviembre de 1976 en la capital del Turia.Aunque desarrolla una temprana afición por la lectura, su interés por la escritura tiene desde siempre un carácter intermitente, y no es hasta los últimos años de su periplo universitario cuando escribir se convierte en una actividad más constante, pero sin perder ese carácter "guadianesco". Finalmente, ésta se convierte en algo habitual al abrir su blog www.unsociability.org, en el que escribe de manera casi diaria desde hace cuatro años, y que ha servido de base para un libro electrónico que contiene sus relatos de ficción. En la actualidad,aparte de continuar con su bitácora, tiene en la cabeza la escritura de una novela que a día de hoy aún no ha comenzado."



Pérdidas no tan pérdidas

Un día, sin querer, sin poder evitarlo, perdí un adjetivo. Uno calificativo, de esos que son tan presumidos y caminan con la cabeza alta mirándote por encima del hombro. La verdad es que parte de la culpa es mía, porque aquel día iba con prisas, y no sé si fue él mismo, yo con el traqueteo de las teclas o con mi cabeza en otro lado, pero la cuestión es que desapareció entre mis dedos y mis pensamientos, y desconozco si se coló por los poros de la mesa, pero jamás supe de él, y hasta hoy no ha aparecido. Lo busqué, vaya que si lo hice; rebusqué libros enteros, vacié armarios, desmonté estanterías, hasta limpié el coche, cosa grandemente inaudita en mí, pero nada de nada. Volatilizóse el muy cabrón, justo como si se lo hubiese tragado la tierra. Así que, forzado por las circunstancias, me acostumbré a prescindir de su presencia, y me di cuenta mientras lo hacía que después de todo, no había perdido tanto, porque a cambio, había encontrado un montón de verbos, conjunciones, nombres propios y comunes, adverbios, preposiciones y muchas otras cosas que ahora no vienen a cuento, y aquello no quedaba tan mal después de todo. Es más, emulando a Hernández y Fernández, yo aún diría más: quedaba muy bien.
Así que ahora cuando estoy escribiendo, de vez en cuando, cojo un adjetivo de los altaneros, casi siempre calificativo, y sin atender a sus súplicas ni lloriqueos, lo tiro, lo pisoteo y lo machaco sin piedad. Soy una mala bestia, ya lo sé, qué le voy a hacer; un ser cruel y sanguinario. Y en su lugar, pongo algún sustantivo o pronombre, mucho más dispuestos a sentarse en el banquillo de vez en cuando y sin duda más agradecidos por las oportunidades ofrecidas. Ya lo decía aquél: Hoy por ti y mañana por mí.


Historia verídica

Pasé los diez primeros años de mi vida entre algodones; gasas, sistemas de respiración asistida, goteros, pasillos de hospital y medicamentos fueron mis compañeros de juegos. Casi podría decir que a alguien no le gustó que yo entrase en este mundo, porque mis problemas —y los de mis padres— empezaron a los pocos minutos de vida. Un niño que al nacer no quiso llorar pasó cuatro meses en el área de cuidados intensivos neonatales, lo que fue a todos los efectos el prólogo de una serie de interminables años en los que pasé a coleccionar tantas hospitalizaciones como problemas de salud, hasta el punto de que sobre todo durante los cinco primeros años, pasaba más de dos tercios de cada mes en la cama de un hospital. Tuve el dudoso privilegio de experimentar cómo se viven las navidades, tus propios cumpleaños o las vacaciones de verano dentro de un hospital. Si he de atender a lo que mis progenitores me cuentan de todo aquello, en más de una ocasión estuve bastante cerca de irme muy lejos, lo suficiente como para no poder estar aquí contando esto.
Hacia el final de esos diez años, quizá con el crecimiento físico o simplemente por la misma razón que me hizo nacer así, la mayoría de aquellos problemas comenzaron a difuminarse, y a día de hoy, aparte de unos cuantos recuerdos no siempre desagradables, y un puñado de cajas de medicamentos que aún hoy, veinte años más tarde, sigo comprando regularmente “por si acaso”, sólo me queda una cosa de la que no he podido deshacerme: el irrefrenable impulso de contar mentiras.


Flotas

Si tienes suerte y el golpe te pilla fresco, cuando te desplomas sobre la lona al menos tienes una ligera conciencia de qué coño es lo que pasa. Si no tienes esa suerte... bueno, si no la tienes, llegado ese punto no importa demasiado porque eso no va a cambiar nada. Y entonces, simplemente caes. Así, sin más. Te desplomas, caes, sin sentir que caes. Y flotas. Flotas. Como una tonelada de hierro en el fondo del océano, flotas y te escuchas a ti mismo: el latido del corazón retumbar dentro de tu cabeza, el aire saliendo de tus pulmones y tus propios gemidos mientras el mundo entero guarda silencio. Y en ese preciso instante, exhausto, agotado, derrotado, muerto, acabado, te levantas. Porque flotas, porque tienes que hacerlo, y porque después de todo, ese es después de todo tu puto trabajo.


Déjame que te de un consejo

La primera vez que sientes el frío del cañón de una nueve milímetros presionando contra la nuca es fácil que te mees encima; es casi inevitable. A los tres años cualquier niño controla sin problemas sus esfínteres, pero en ese momento tú no eres capaz de hacerlo y ni siquiera te das cuenta; tu cabeza está demasiado preocupada por tu vida para evitar que tu cuerpo vaya por libre.
Y eso no cambia hasta que comprendes que la existencia no es algo que se posee como un par de zapatillas; que se es o no se es. Que morir es algo que nunca puede pasarte a ti, y que para perder algo, hay que ser consciente de que lo has perdido; una vez muerto no vas a poder echar de menos tu vida.
Sólo cuando entiendes esto puedes librarte del miedo y mantener la cabeza fría. Y lo más importante, ayudar a evitar que alguien te la atraviese con una bala. Cuanto antes lo asimiles, mucho mejor para ti.


Ella

Cada noche, cuando llegan las diez aproximadamente, dejo lo que estoy haciendo, cojo el coche y me acerco a su trabajo. Aunque ella nunca me lo ha pedido, no me gusta que tenga que volver sola a casa en autobús a esas horas. Hay días que tengo que dejar la cena a medias, pero la verdad es que nunca se ha quejado por ello. Yo tampoco me quejo, a pesar de que alguna vez me haga esperar más de lo que cualquier persona consideraría razonable. Habitualmente, cinco o diez minutos, pero en ocasiones, se alarga hasta la media hora y en un par de veces, he llegado a estar sentado en el coche, impaciente, durante más de dos horas. Aunque es exasperante, he de confesar que cuando la veo salir por la puerta me olvido de todo, y me doy cuenta de que podría pasar una eternidad esperándola.
Después de tres años y pico haciendo todas las noches lo mismo, menos como es obvio fines de semana y festivos, días en los que ella afortunadamente no trabaja, reconoces a la gente de la zona; sus hábitos, sus entradas, sus salidas, sus caras. Algunos son regulares, otros no. Llegas, aparcas en doble fila, y esperas. Enciendes la radio, pero lo cierto es que a esa hora no ponen nada demasiado interesante, excepto los días de fútbol, así que te acomodas en el asiento, bajas la ventanilla, y observas. Y entonces ves a esa morena guapísima que pasa cada día en torno a las diez y veinte y por la que babearías si no estuvieses enamorado, claro. O a ese grupo de amigas que salen del trabajo a la misma hora, y se van juntas a tomar una cerveza. Al entrajetado del impresionante todoterreno negro con los mismos problemas de siempre para meter el coche en el garaje. O a ese otro que como yo, aparca en doble fila delante de mí y aguarda sentado dentro del coche, y posiblemente también escuchando la radio, a su novia. Ves a la mujer mayor empujando el coche en doble fila, a la gente que sale de clase a esa hora, a los que entran al videoclub y a los que sacan dinero del cajero. Te acostumbras a reconocer a algunos, a espiar una pequeña parte de su rutina diaria, como un voyeur esporádico, y eso ha acabado por ser agradable.
A veces antes, a veces después, ella aparece por el portal, con más o menos prisa dependiendo de lo tarde o lo pronto que haya salido ese día, y no puedo negar que en ese momento se me ilumina el rostro. A veces sonríe y a veces no; casi puedo adivinar su estado de ánimo por la cara que pone cuando abre la puerta de cristal al salir. Últimamente no esta atravesando una buena época; sólo con verla puedes adivinarlo. Entonces pasa al lado de mí coche, sin dirigirme la mirada, entra en el de ese chico, le da un beso, y desaparecen.
Como todas las noches, desde hace tres años y pico.


Tyler

Tyler era un pobre tipo que venía a clase conmigo. Está claro que no se llamaba Tyler, aunque no recuerdo su verdadero nombre; creo que jamás lo supe, y si lo he olvidado, tanto mejor. Alguno de nosotros le puso ese apodo en honor a algún retrasado que había visto en televisión y el muy idiota se quedó con él, para mofa nuestra y de prácticamente todo el colegio, aunque también es verdad que no le dimos opción. El mote le venía al pelo, porque el chaval era un desgraciado, un gilipollas, un capullo, uno de esos patanes congénitos con los que te encuentras en la vida y de los que no puedes hacer otra cosa que reírte. Es verdad que quizá aquello no estuviera del todo bien, pero que se joda, la vida no es fácil.
A veces pienso que habrá sido de él, si habrá salido adelante o lo acabamos hundiendo sin remedio, y me pregunto si volvería a hacer lo que hice. Y la verdad, la respuesta siempre es la misma: sí.
Porque joder, menuda diversión.


Los Contradicistas

No hay datos exactos que indiquen en qué momento decidió Martin Contradict fundar Los Contradicistas (confundidos habitualmente con Los Contradiccionistas, de mucha menor importancia), ni incluso si lo hizo, pero se rumorea que fue allá por el siglo XIV tras una acalorada discusión con un vecino, después de que éste se mostrase, sin razón alguna, radicalmente opuesto a que Martin cultivase hortalizas en su propia parcela, en lugar de la tradicional plantación de cereales. Tras aquel incidente, Martin se dedicó de manera sistemática a oponerse a todo aquello que le era posible, lógica o ilógicamente. Aunque como es obvio, jamás admitió estar en desacuerdo con nadie.
Nada más se sabe del surgimiento de esta peculiar organización, pero su historia se difumina a lo largo de los siglos, sin que existan datos fiables sobre ella. [...] Al parecer, a través del boca a boca la organización fue creciendo, lo que le dio una nueva magnitud al concepto de negación. No sólo estaban en desacuerdo con cualquier cosa y persona, con la que podían discutir durante días, sino que incluso estaban en contra entre ellos mismos, en contra de la propia organización, en contra de sus propias opiniones y en contra de su propia existencia lo que daba lugar a tremendas contradicciones que resolvían simplemente negando que tal contradicción existiese [...].
Su radical oposición a todo les llevó al borde de la extinción cuando en el siglo XVII, una parte importante de sus miembros muriese de hambre, al mostrarse en desacuerdo con la idea de que comer era necesario. Este punto marcó un punto de inflexión en la radicalidad del grupo, que unificó su opinión disminuyendo de este modo el nivel de agresividad intelectual interno.
Aunque tras aquello hubo varias escisiones de importancia variable —los Masones es quizá la de mayor reconocimiento—, la organización ganó en fortaleza y coherencia interna, aunque nunca lo admitió ni pública ni privadamente. A pesar de que hay muchos estudios que los citan como fuentes de importantes aportaciones en las más variadas disciplinas (La Tierra no es plana), otros muchos dudan de que sus contribuciones se derivasen de algo más que la negación en sí misma (La Tierra no es redonda). [...] Sí que es cierto, no obstante, que esta oposición por sistema condujo al cuestionamiento de muchos conceptos incorrectos (véase para más detalles la Duda Metódica, de René Descartes, principal impulsor de la facción moderada), y no hay muchos investigadores que les nieguen este mérito.
Tras la Primera Guerra Mundial, por diversos conflictos políticos [...], la presencia pública de la organización se reduce drásticamente, hasta llegar a su total desaparición varios años más tarde. No hay en la actualidad evidencias ni a favor ni en contra de que el grupo siga activo, pero todo apunta a que, en cada comunidad de vecinos, en cada reunión familiar, en cada clase, en cada foro de Internet, silenciosamente, están ahí, extendiendo sus tentáculos, lentamente, con su sistemática oposición a todo y a todos. Después de todo, lector, quizá tú mismo seas uno de ellos. Y quizá yo mismo lo sea. Pero lo que está claro, es que ninguno de los dos jamás lo admitirá.»
Anders Stepkoein, Creadores de Poder: Los Contradicistas, Vol I. Arial Press, New York, 1963.


M.

M. comenzó a comerse las uñas ya desde muy joven. La primera vez que alguien le increpó por ello, ni siquiera sabía que era eso lo que hacía. ¿Comerse las uñas? ¡Él no se comía las uñas! Simplemente se las rebanaba... a ras de dedo. Ni más, ni menos. Y lo mismo hacía con la piel de alrededor, con la dosis correspondiente de dolor y masoquismo; los propios dientes pueden ser un instrumento de tortura fabuloso. De todas formas ha de decirse que no es para tanto, ya que conserva, a día de hoy, todos los dedos en perfecto estado.
Con el tiempo, a M. las uñas se le quedaron cortas, y no única ni principalmente en un sentido literal. Por lo que aunque continuó con esta desagradable manía, se vio obligado a buscar alguna otra cosa con la que entretenerse, dando durante su búsqueda y por desgracia con algo mucho más sustancial: se encontró a sí mismo. Así que de vez en cuando, al mirarse en el espejo y darse cuenta de que todo va bien, como quien se mira las uñas y detecta que han crecido lo suficiente como para volver a convertirlas en víctimas, M. siente la necesidad de arrancarse un poco de su propio ser, de astillarlo ligeramente, con la seguridad del dolor que esto le producirá y de que sin duda, todo volverá a su sitio pasados unos días.