
Iker Biguri nace en Sestao en 1980. Ha residido en Lisboa, Edimburgo y Salamanca. Actualmente vive en un pueblo de la comunidad de Madrid. Ha publicado un libro, de título Plastilina, perteneciente a la colección Monosabio del Ayuntamiento de Málaga, en 2002. Señales de otra vida está incluido en un volumen de relatos que permanece inédito.
Señales de otra vida
Con pereza abres los ojos, los ojos ventanas del alma, de la muerte hacia una dimensión frutal. Por ejemplo, la puerta y la ventana cerradas, la persiana bajada y el olor a humo de toda tu ropa, de los vaqueros del suelo y de tus calcetines, electricidad estática en la lana, calzoncillos, camiseta de rugby azul con lamparones de kalimotxo. Y cuando intentas escapar: la luz de reloj digital en la mini cadena, que sale de la mesita que hay a los pies de tu cama, un punto convertido en abanico de luz hacia los objetos. Luz redonda como una linterna, tan pequeña, como un foco ilumina la habitación. El portátil encima de la silla, y dentro el procesador de textos, y dentro y fuera más gente, más animales, más sombras de nube.
Te pasas la lengua por los labios, por las células muertas que recubren tus labios. Tienes la boca seca y el estómago de un muñeco de trapo. Sabes que hay grifos y botellas de agua en la casa, pero tiras de las sábanas y te cubres la cabeza con ellas. Allí debajo estás en el campo, los árboles y la hierba mojada fuera de tu tienda de campaña, el rocío haciendo capa en la superficie de la tela, mariposas y luciérnagas dentro de tu cabeza.
Cierras los ojos, un recuerdo.
*
Si yo no existo, tú no existes.
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Si no hay más, si no puedo escribir más, conseguir otras historias y plagiarlas con nuestros nombres, como la sombra borrosa de un árbol sobre viejas vidas inventadas. Por ejemploà listones de madera de un almacén en construcciónà fuegoà humo gris volcánico expandiéndose haciaà cenizas: la primera elegía, de Rainer María Rilke, el comienzo del diablo en la botella, de Stevenson, y algunas historias hermosas, otros papeles de letra alargada como la cara del poeta.
PRIMERA ELEGÍA
Lo primero: perder la virginidad esta noche y ser un poco feliz. Hinchar mi cabeza, convertir mi cabeza en un jardín.
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Principio (nudo y desenlace): había un chico en el barrio gótico de Barcelona al que llamaré Azul. La verdad es que aún vive y su nombre debe permanecer secreto. Su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva.
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Juventudescontroladaforever, jóvenes desaprovechados. Beber y beber hasta arreglar los melancólicos desajustes que deja la realidad. Mezclar cosas que no han de mezclarse, que estarían mejor en lo blanco, en un núcleo independiente, sin desaguar juntas, a una vez, por las cañerías de zinc de nuestros cuerpos. Porque algo puede salir mal, podemos desdibujarnos, diluirnos dentro del lienzo, dentro del bote de pintura del arco iris. Por ejemplo: barro, lluvia, restos del pollo de la cena, hacer nudos con los hilos que ofrece la noche.
Sin nada a lo que poder agarrarse, ni a las señales, porque no hay señales (Azul inventará señales que puedan salvarle esta noche).
Beber y beber hasta arreglarlo, hasta que las imágenes se superpongan para formar una, hasta que se borre la sombra difusa de la realidad. Otra forma de mezclar más cercana, más parecida a una señal: kalimotxo, vodka con limón, chupitos de tequila y bocadillos de chorizo envueltos en papel de periódico; bolas explosivas en viaje minero por el aparato digestivo, mecanismo infalible de hinchamiento hasta el absurdo de pensar que todo está ahí, abierto como una flor, que es tangible, que se puede tocar y morder y romper. Desfragmentación y roturación de sueños.
¿Quién, si yo gritase, me escucharía
entre las jerarquías de los ángeles?
Y aún cuando en su propio corazón
uno de ellos me estrechara, yo sucumbiría
ante su existencia más fuerte. Pues la belleza
no es sino el comienzo de lo terrible,
que apenas soportamos. Y si la admiramos
es porque por desdén no nos destruye.
Todo ángel es terrible.
*
Azul cielo. Azul eléctrico sólo se levanta cuando sus pensamientos están bien mojados, húmedos como una fregona, son pasta de papel que gotea sobre el suelo del parque en el que bebe millones de litros de alcohol con sus compañeros del equipo de tenis. Cuando ya no siente el roce de sus pensamientos.
Por primera vez ve a la chica que será alpiste, será una señal por el embudo en el que Azul debe introducir su mundo esta noche. Todos los sábados igual, todas las chicas hermosas y ningún martillo para clavárselas, la imagen que entra en su cerebro como un caballo sin frenos. Y la ve como si fuera el demonio de la botella, dentro de la botella de panza redonda y cuello muy largo, y su forma detrás del cristal no es agua, no es espejo de luz o claridad, es una pelea, una confusión de una sombra y un fuego.
Azul quiere lo que le corresponde por derecho: pedir deseos al demonio, quiere la riqueza y el cuerpo rosa de la chica, y una casa amplia con corrientes que vayan de las ventanas a las puertas, llena de electrodomésticos de última generación que le ayuden a preparar el desayuno cuando cada mañana la chica despierte a su lado.
Ella se llama Kokua y acaba de regresar de Oahu, un pueblo perdido en una isla hawaiana.
*
Azul es un color, Azul es un joven en lucha constante contra el miedo a la nada. Fácil, tan fácil resbalar por el filo y meter la pierna intermitentemente dentro del pánico a no existir, o (¿peor?) a ser una marioneta. Peor la certeza, saber que no eres como los demás, que todo falla en uno de estos dos aspectos: (uno) todos saben algo que tú no sabes, (dos) tú sabes algo que nadie sabe, pero no sabes explicarlo, pero no sabes lo que es.
Tan fácil volverse un paranoico. Y Azul y vértigo (un vértigo malo) y pánico de haber visto demasiada televisión, de leer demasiado, de vivir en un mundo repetición de la repetición falseada de una ciénaga, de ser un holograma de la propia alma. Miedo azul a ser sólo el aborto de un gigante, de un fantasma más fuerte que tiene la historia de cien películas, de un millón de libros, de cien máscaras para asustar a los niños, todo guardado en universidades y bibliotecas inalcanzables para Azul, que sin saberlo es el personaje de una novela, o puede que de un cómic, puede estar dentro de una película, enchufado a un ordenador viviendo en un sueño.
Cuando lo más fácil sería hacer de este engaño una manta que le envuelva, Azul se empeña en buscar señales que le demuestren que su vida no es un ensayo general de otra vida mejor o, mejor, más real, más cercana a su esqueleto. Busca una salida que le saque de aquí, o que le haga saber (olvidar) dónde se encuentra.
*
¿Por qué no otro nombre, otro color? Azul, ¿por qué? Los calcetines, los pantalones, las gafas, los lapiceros, las camisetas, el mar, el cielo.
El azul es el color de los feos.
*
También puede ser el protagonista de un programa de televisión sobre su propia vida, puede ser un robot controlado por un mando a distancia, un experimento de un doctor chiflado que quiere dominar el país, el mundo, el universo. Puede ser la solución de un logaritmo que han introducido en una gran computadora, el tercer clon de un vagabundo que no tiene ombligo porque nació en una probeta, o la personalidad de repuesto de un maníaco asesino, o estar reviviendo todas sus imágenes en el momento antes de morir aplastado contra otro coche en un accidente de tráfico.
*
Azul está borracho y le tiemblan ligeramente las piernas. Se sacude la camiseta llena de mierda, los pantalones, se coge la manga con el puño y se la pasa por la boca, quitándose algo pegajoso que había en la comisura de sus labios. Para levantarse necesita varias fases de movimiento repartidas a lo largo de un minuto. Las órdenes, los bichos que su cerebro manda a su cuerpo son lentos, también están borrachos.
Azul está sentado a dos metros a la izquierda del vómito de un amigo. Ahora en cuclillas, apoya las manos en el suelo: su cuerpo sigue la dirección de la cabeza hacia una posición vertical. Ya en pie, necesita columnas en las que apoyarse. Estas son sus columnas:
Así, me contengo y ahogo/ el llamado de un oscuro sollozo. Ah,/ ¿a quién recurrir? Ni a los ángeles/ ni a los hombres; los animales/ por instinto se percatan/ de nuestro inseguro y vacilante/ mundo interpretado. Acaso nos queda/ al pie de la ladera, un árbol/ al cual volver cada día; nos queda/ el camino de ayer/ y la morosa fidelidad de una costumbre/ que se complació a nuestro lado/ y afincó en nosotros su morada.
Las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras el corazón vacío convertido en una red metálica con las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras.
En un bar le miran mal, le empujan y se alejan. Azul les sigue y les golpea. Comprende al tercer puñetazo y se abalanza hacia la seguridad del dolor. Contra tres chicos a la vez. Desde el suelo sus brazos, sus piernas en círculos estúpidos. Le dan en la cara, en el estómago y en la nariz. No le importa. Se toca, ve su sangre, el lubricante que hace funcionar tan mal su cuerpo. Y piensa en señales de cal, en sus huesos dentro de él, tan sólidos, sosteniéndole.
HELICÓPTEROS
Despacio: hace un esfuerzo y se levanta como un héroe antiguo. Tiene la sensación (la no-sensación) de que le falta algún ojo, algún brazo, las extremidades inferiores. Los golpes han servido para despejarle un poco la cabeza.
Se acerca hasta el servicio de chicos y allí, en un espejo, ve tres veces que su cara no ha sufrido grandes cambios, sólo un pequeño corte en la ceja izquierda que incluso le hace parecer un poco más interesante. Intentará que quede así, que quede cicatriz.
Azul se encuentra de nuevo en el mundo, tan lejos de él como una brisa. El alcohol provoca que lo que le unía a los objetos, el dolor, salga a la superficie y se apague, se diluya en la sangre que sale por alguna de las heridas de su cuerpo. Esta señal-dolor ya no vale, necesita otra señal.
No ve a sus amigos, así que está un tanto por ciento más solo que antes, pero no lo suficientemente solo. No mira a las caras para no verse reflejado en ellas. Azul empieza a caminar mirando al suelo: un pie, otro pie, mira estos pies, se da cuenta de que son sus pies favoritos.
*
Azul, por ejemplo, es el quinto color del espectro solar, y en estos momentos se recuesta sobre la persiana de una droguería.
Ahora escribiré otro truco, otro naipe marcado: Azul mira pasar la gente hasta reconocer la figura de un chico, le sonríe, mechones rojos debajo de un gorro de marinero, camisa blanca de manga larga. Le grita.
Desde diez metros de distancia, a modo de saludo, los dos repiten, gesto por gesto, el mismo ritual: se desabrochan los botones del pantalón y se los bajan, se bajan a su vez los calzoncillos, quedando desnudos de cintura hacia abajo. Con la mano izquierda se agarran el pene y comienzan a agitarlo con movimiento circular. Entre sus dedos sobresalen sus capullos y parte de su falo, girando a gran velocidad como si fueran las aspas de dos helicópteros.
Se suben los pantalones y recorren la distancia que los separa. Se dan un abrazo. Cuánto tiempo, con quién estás. Nada, con unos colegas de la uni. ¿Tú estás solo? ¿Estás borracho? Me he perdido, pensaba volver a casa, perdido, derrotado y sin señales coger un taxi, pero es pronto, y ahora las cosas van a mejorar, he potado, estoy mejor, me voy con vosotros, vamos a quemar los bares, y luego a cerrarlos, a precintarlos ¿Y ésa? ¿Ésa va contigo? ¿Amiga tuya?
Bueno, sí, no, esa es Kokua. Es extranjera.
*
Ella lleva un abrigo, pero se lo quita cuando entra en el siguiente bar. Azul la acompaña a la barra a pedir y, luego, casualidad, los dos tienen que ir al servicio. En el baño de chicas la cerradura está rota, posiblemente alguien le haya dado una patada. Azul la sujeta desde fuera mientras Kokua en el interior (espejo sucio, suelo encharcado de orines, papel higiénico mojado, barro negro traído de la calle) mea. Al salir, ella le sonríe: vuélveme a decir, por favor, lo que me dijiste antes.
Azul se acerca y retira el pelo que cubre su oreja. Huele su cuello. Con la boca llena de saliva le sigue diciendo con la voz de Rilke:
Oh, y la noche, la noche
cuando el viento llega despacio
y roe el rostro... ¿con quién se quedará
ella, la anhelada, que engañosa se cierne
sobre el solitario corazón?
¿acaso se hace más leve a los amantes?
¡Ah, ellos se ocultan mutuamente su destino!
¿Aún no lo sabes? Suelta tu vacío
en el espacio que respiramos; quizás las aves
sientan con hondo vuelo la plenitud del aire.
Sí, la primavera te necesitaba. Muchas estrellas
esperaban que tú las contemplaras.
Del pasado una ola te alcanzaba, o al pasar
delante de una ventana abierta las notas
de un violín se te entregaban. Todo era un mensaje,
pero ¿lo has comprendido? ¿No te distrajo la espera,
como si todo te anunciara
una amada? (¿Cómo le darías abrigo
cuando todos los grandes y extraños pensamientos en ti
van y vienen, y a menudo se quedan en la noche?)
*
Ha funcionado: Azul está follando por primera vez, follando en el muro del paseo marítimo. Las estrellas brillan inmensas en el cielo, pero más inmenso es el espacio que las separa. Follando cerca del mar, dentro de algo, tal vez dentro del amplio espacio del mar.
*
Te contaré un secreto: esto es un cuento.
*
Kokua, ah, Kokua, Azul te abraza; sus brazos dan tres vueltas alrededor de vuestros cuerpos.
*
La noche como una rueda de juguete unida a un palo de plástico. Jugar. Por cualquier superficie la noche dará vueltas, por las aceras, por las paredes de los bares, por los cristales inmensos lagos del Maremagnum, por una mujer, por encima de una chica con pantalones ceñidos y carísima y apretadísima camiseta de tirantes. La chica que ahora se besa con Azul, la chica-túnel por la que desaparecer hacia el sueño, hacia otra realidad más real. La señal más cercana que a Azul se le pueda ocurrir, esta señal con grandes tetas.