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Javier Puche


Javier Puche nace en Málaga en 1974. Es Licenciado en Filología Hispánica y profesor de piano clásico. Realiza estudios de postgrado en la Escuela Contemporánea de Humanidades de Madrid, donde obtiene un Máster en Creación Literaria. Ha trabajado como corrector de estilo, como crítico musical y como guionista de televisión. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías.
Recientemente, ha obtenido una mención especial en el I Premio de Relato mínimo Diomedea por su cuento El secreto del universo. Acaba de inaugurar la bitácora: http://puerta-falsa.blogspot.com


El secreto del universo

Las fichas del Intelect estaban esparcidas por el suelo formando palabras incomprensibles. Al descubrir las letras en desorden, el bebé emitió un prolongado balbuceo de júbilo que le hizo perder su chupete. Acto seguido, se acercó gateando para jugar un rato con aquel pequeño caos (nada de esto logró despertar a la madre, entregada a un plácido y negligente sueño frente al televisor). Al cabo de unos instantes combinando fichas, siempre con un hilo de baba en la boca, quiso el azar que sus minúsculas e inconscientes manos compusieran un enunciado que, además de poseer una belleza formal deslumbrante, contenía el secreto del universo. Pero el milagro fue breve: de súbito, la criatura hizo desaparecer su obra de un manotazo. Ni siquiera yo, que supuestamente soy un narrador omnisciente, tuve tiempo de leer lo que allí ponía.

La partida

En la mesa de billar sólo quedaban dos cabezas. Tras apurar su gin-tonic, Alá realizó un disparo formidable: la cabeza del musulmán recorrió el tapete hasta chocar estrepitosamente contra la cabeza del judío, que se perdió en la tronera del fondo. Asombrado por la pericia del golpe, Yaveh no tuvo más remedio que invitarlo a otra copa.

Texto amarillo

Una expedición de cien mil chinos histéricos visitaba un inmenso campo de girasoles bajo la displicente y furibunda luz del sol. Al percibir que su territorio era invadido, los insectos de la zona reaccionaron con violencia: las cigarras –cuyo zumbido electrizaba el aire- intensificaron súbitamente su chirriante melodía, y las avispas –de colosales dimensiones todas ellas- exhibieron de inmediato el fulgor de su aguijón. Víctimas del espanto, los cien mil chinos histéricos arrojaron por los aires sus cámaras de fotos y, antes de salir corriendo despavoridos, estallaron en un grito unánime que hizo resquebrajarse el cielo.

Los caramelos

En mitad de la mesa, hacinados en un cóncavo recipiente, duermen los caramelos. Su sueño es dulce y sin ronquidos. La mano que elegirá a uno de ellos todavía está lejos, ni siquiera ha entrado en la habitación, ni siquiera ha pulsado el timbre de la casa. Cuando esto suceda, cuando la mano salga al fin del bolsillo, pulse el timbre, entre en la habitación y se aproxime a la mesa, los caramelos se desprenderán de su dulce sueño agitándose levemente, y cada uno de ellos rezará esperanzado a su dios particular (de color rojo, de color verde, de color naranja) para ser el elegido y disolverse para siempre en el cielo de una boca.

Error burocrático

La espada enemiga dividió al cristiano en dos mitades. Por un incomprensible error burocrático, la mitad culpable fue enviada al cielo y la mitad inocente al infierno. Lo paradójico del caso es que, tras cierta perplejidad inicial, ambas mitades fueron eternamente felices.

El mosquito

Aquel zumbido afilado penetró como una aguja en mi sueño, devolviéndome de golpe a la vigilia. Aturdido por el cansancio, estiré el brazo y encendí torpemente la luz. Pronto descubrí al mosquito, cuyo extraordinario tamaño me estremeció. Presa del pánico, cubrí todo mi cuerpo con la sábana, pese al intolerable calor estival. Desde mi provisional refugio podía oír con nitidez el vuelo espeluznante del mosquito, su vaivén continuo y amenazador. Tras unos minutos, el zumbido cesó por completo, lo cual me proporcionó cierta calma. Aproveché entonces para examinar mi cuerpo en busca de alguna picadura. Por suerte estaba intacto. Seguidamente, hice acopio de valor y decidí asomar un poco la cabeza con objeto de localizar a mi adversario. Fue sin duda un gesto imprudente, porque al retirar la sábana, un intenso pinchazo me perforó la sien y perdí el conocimiento.
Nadie en su sano juicio creerá lo que sucedió después. Mi primera sensación tras recuperarme del ataque fue de extrema levedad física (la ley de la gravedad parecía haberme abandonado). Luego advertí con estupor que los objetos de mi cuarto habían crecido inexplicablemente. Traté de rascarme la cabeza, pero no encontré mis manos. Tampoco mis brazos ni mis piernas. Una vertiginosa lucidez me hizo comprender de repente la situación: el mosquito no sólo me había succionado la sangre sino también la memoria. Mediante la picadura, todos mis recuerdos fueron transferidos de un cuerpo a otro, quedando mi identidad atrapada en el interior del insecto. Para verificarlo, agité las alas y volé hasta el armario, desde donde pude contemplar mi antiguo cuerpo, que yacía inconsciente en la cama. No sentí la menor tristeza (mi sistema emocional quedó simplificado al mínimo). De hecho, he aceptado con naturalidad mi transformación, acaecida hace ya algunas noches. Ahora me encuentro en el escritorio de un vecino, redactando trabajosamente estas líneas mientras él duerme, y a punto de canjear mi extenuada identidad por la suya. Pero debo concluir, porque se está acabando la sangre con que escribo.

Arrogancia

Un mal día, el hombre invulnerable tuvo un ataque de arrogancia y, tras prescindir por vez primera de su calzado habitual, marcadamente juvenil e innovador, decidió ponerse los zapatos de su difunto bisabuelo, sin contar en absoluto con que el pasado y la decrepitud, que esperaban al acecho la ocasión propicia, le invadieran de golpe a través de una imperceptible herida que tenía abierta en el dedo meñique del pie izquierdo, provocando su muerte instantánea.

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Iker Biguri



Iker Biguri nace en Sestao en 1980. Ha residido en Lisboa, Edimburgo y Salamanca. Actualmente vive en un pueblo de la comunidad de Madrid. Ha publicado un libro, de título Plastilina, perteneciente a la colección Monosabio del Ayuntamiento de Málaga, en 2002. Señales de otra vida está incluido en un volumen de relatos que permanece inédito.

Señales de otra vida

Con pereza abres los ojos, los ojos ventanas del alma, de la muerte hacia una dimensión frutal. Por ejemplo, la puerta y la ventana cerradas, la persiana bajada y el olor a humo de toda tu ropa, de los vaqueros del suelo y de tus calcetines, electricidad estática en la lana, calzoncillos, camiseta de rugby azul con lamparones de kalimotxo. Y cuando intentas escapar: la luz de reloj digital en la mini cadena, que sale de la mesita que hay a los pies de tu cama, un punto convertido en abanico de luz hacia los objetos. Luz redonda como una linterna, tan pequeña, como un foco ilumina la habitación. El portátil encima de la silla, y dentro el procesador de textos, y dentro y fuera más gente, más animales, más sombras de nube.

Te pasas la lengua por los labios, por las células muertas que recubren tus labios. Tienes la boca seca y el estómago de un muñeco de trapo. Sabes que hay grifos y botellas de agua en la casa, pero tiras de las sábanas y te cubres la cabeza con ellas. Allí debajo estás en el campo, los árboles y la hierba mojada fuera de tu tienda de campaña, el rocío haciendo capa en la superficie de la tela, mariposas y luciérnagas dentro de tu cabeza.

Cierras los ojos, un recuerdo.

*
Si yo no existo, tú no existes.

*
Si no hay más, si no puedo escribir más, conseguir otras historias y plagiarlas con nuestros nombres, como la sombra borrosa de un árbol sobre viejas vidas inventadas. Por ejemploà listones de madera de un almacén en construcciónà fuegoà humo gris volcánico expandiéndose haciaà cenizas: la primera elegía, de Rainer María Rilke, el comienzo del diablo en la botella, de Stevenson, y algunas historias hermosas, otros papeles de letra alargada como la cara del poeta.

PRIMERA ELEGÍA

Lo primero: perder la virginidad esta noche y ser un poco feliz. Hinchar mi cabeza, convertir mi cabeza en un jardín.

*
Principio (nudo y desenlace): había un chico en el barrio gótico de Barcelona al que llamaré Azul. La verdad es que aún vive y su nombre debe permanecer secreto. Su lugar de nacimiento no estaba lejos de Honaunau, donde los huesos de Keawe el Grande yacen escondidos en una cueva.

*
Juventudescontroladaforever, jóvenes desaprovechados. Beber y beber hasta arreglar los melancólicos desajustes que deja la realidad. Mezclar cosas que no han de mezclarse, que estarían mejor en lo blanco, en un núcleo independiente, sin desaguar juntas, a una vez, por las cañerías de zinc de nuestros cuerpos. Porque algo puede salir mal, podemos desdibujarnos, diluirnos dentro del lienzo, dentro del bote de pintura del arco iris. Por ejemplo: barro, lluvia, restos del pollo de la cena, hacer nudos con los hilos que ofrece la noche.

Sin nada a lo que poder agarrarse, ni a las señales, porque no hay señales (Azul inventará señales que puedan salvarle esta noche).

Beber y beber hasta arreglarlo, hasta que las imágenes se superpongan para formar una, hasta que se borre la sombra difusa de la realidad. Otra forma de mezclar más cercana, más parecida a una señal: kalimotxo, vodka con limón, chupitos de tequila y bocadillos de chorizo envueltos en papel de periódico; bolas explosivas en viaje minero por el aparato digestivo, mecanismo infalible de hinchamiento hasta el absurdo de pensar que todo está ahí, abierto como una flor, que es tangible, que se puede tocar y morder y romper. Desfragmentación y roturación de sueños.

¿Quién, si yo gritase, me escucharía
entre las jerarquías de los ángeles?
Y aún cuando en su propio corazón
uno de ellos me estrechara, yo sucumbiría
ante su existencia más fuerte. Pues la belleza
no es sino el comienzo de lo terrible,
que apenas soportamos. Y si la admiramos
es porque por desdén no nos destruye.
Todo ángel es terrible.

*
Azul cielo. Azul eléctrico sólo se levanta cuando sus pensamientos están bien mojados, húmedos como una fregona, son pasta de papel que gotea sobre el suelo del parque en el que bebe millones de litros de alcohol con sus compañeros del equipo de tenis. Cuando ya no siente el roce de sus pensamientos.

Por primera vez ve a la chica que será alpiste, será una señal por el embudo en el que Azul debe introducir su mundo esta noche. Todos los sábados igual, todas las chicas hermosas y ningún martillo para clavárselas, la imagen que entra en su cerebro como un caballo sin frenos. Y la ve como si fuera el demonio de la botella, dentro de la botella de panza redonda y cuello muy largo, y su forma detrás del cristal no es agua, no es espejo de luz o claridad, es una pelea, una confusión de una sombra y un fuego.

Azul quiere lo que le corresponde por derecho: pedir deseos al demonio, quiere la riqueza y el cuerpo rosa de la chica, y una casa amplia con corrientes que vayan de las ventanas a las puertas, llena de electrodomésticos de última generación que le ayuden a preparar el desayuno cuando cada mañana la chica despierte a su lado.

Ella se llama Kokua y acaba de regresar de Oahu, un pueblo perdido en una isla hawaiana.

*
Azul es un color, Azul es un joven en lucha constante contra el miedo a la nada. Fácil, tan fácil resbalar por el filo y meter la pierna intermitentemente dentro del pánico a no existir, o (¿peor?) a ser una marioneta. Peor la certeza, saber que no eres como los demás, que todo falla en uno de estos dos aspectos: (uno) todos saben algo que tú no sabes, (dos) tú sabes algo que nadie sabe, pero no sabes explicarlo, pero no sabes lo que es.

Tan fácil volverse un paranoico. Y Azul y vértigo (un vértigo malo) y pánico de haber visto demasiada televisión, de leer demasiado, de vivir en un mundo repetición de la repetición falseada de una ciénaga, de ser un holograma de la propia alma. Miedo azul a ser sólo el aborto de un gigante, de un fantasma más fuerte que tiene la historia de cien películas, de un millón de libros, de cien máscaras para asustar a los niños, todo guardado en universidades y bibliotecas inalcanzables para Azul, que sin saberlo es el personaje de una novela, o puede que de un cómic, puede estar dentro de una película, enchufado a un ordenador viviendo en un sueño.

Cuando lo más fácil sería hacer de este engaño una manta que le envuelva, Azul se empeña en buscar señales que le demuestren que su vida no es un ensayo general de otra vida mejor o, mejor, más real, más cercana a su esqueleto. Busca una salida que le saque de aquí, o que le haga saber (olvidar) dónde se encuentra.

*
¿Por qué no otro nombre, otro color? Azul, ¿por qué? Los calcetines, los pantalones, las gafas, los lapiceros, las camisetas, el mar, el cielo.

El azul es el color de los feos.

*
También puede ser el protagonista de un programa de televisión sobre su propia vida, puede ser un robot controlado por un mando a distancia, un experimento de un doctor chiflado que quiere dominar el país, el mundo, el universo. Puede ser la solución de un logaritmo que han introducido en una gran computadora, el tercer clon de un vagabundo que no tiene ombligo porque nació en una probeta, o la personalidad de repuesto de un maníaco asesino, o estar reviviendo todas sus imágenes en el momento antes de morir aplastado contra otro coche en un accidente de tráfico.

*
Azul está borracho y le tiemblan ligeramente las piernas. Se sacude la camiseta llena de mierda, los pantalones, se coge la manga con el puño y se la pasa por la boca, quitándose algo pegajoso que había en la comisura de sus labios. Para levantarse necesita varias fases de movimiento repartidas a lo largo de un minuto. Las órdenes, los bichos que su cerebro manda a su cuerpo son lentos, también están borrachos.

Azul está sentado a dos metros a la izquierda del vómito de un amigo. Ahora en cuclillas, apoya las manos en el suelo: su cuerpo sigue la dirección de la cabeza hacia una posición vertical. Ya en pie, necesita columnas en las que apoyarse. Estas son sus columnas:

Así, me contengo y ahogo/ el llamado de un oscuro sollozo. Ah,/ ¿a quién recurrir? Ni a los ángeles/ ni a los hombres; los animales/ por instinto se percatan/ de nuestro inseguro y vacilante/ mundo interpretado. Acaso nos queda/ al pie de la ladera, un árbol/ al cual volver cada día; nos queda/ el camino de ayer/ y la morosa fidelidad de una costumbre/ que se complació a nuestro lado/ y afincó en nosotros su morada.

Las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras el corazón vacío convertido en una red metálica con las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras las mentiras.

En un bar le miran mal, le empujan y se alejan. Azul les sigue y les golpea. Comprende al tercer puñetazo y se abalanza hacia la seguridad del dolor. Contra tres chicos a la vez. Desde el suelo sus brazos, sus piernas en círculos estúpidos. Le dan en la cara, en el estómago y en la nariz. No le importa. Se toca, ve su sangre, el lubricante que hace funcionar tan mal su cuerpo. Y piensa en señales de cal, en sus huesos dentro de él, tan sólidos, sosteniéndole.

HELICÓPTEROS

Despacio: hace un esfuerzo y se levanta como un héroe antiguo. Tiene la sensación (la no-sensación) de que le falta algún ojo, algún brazo, las extremidades inferiores. Los golpes han servido para despejarle un poco la cabeza.

Se acerca hasta el servicio de chicos y allí, en un espejo, ve tres veces que su cara no ha sufrido grandes cambios, sólo un pequeño corte en la ceja izquierda que incluso le hace parecer un poco más interesante. Intentará que quede así, que quede cicatriz.

Azul se encuentra de nuevo en el mundo, tan lejos de él como una brisa. El alcohol provoca que lo que le unía a los objetos, el dolor, salga a la superficie y se apague, se diluya en la sangre que sale por alguna de las heridas de su cuerpo. Esta señal-dolor ya no vale, necesita otra señal.

No ve a sus amigos, así que está un tanto por ciento más solo que antes, pero no lo suficientemente solo. No mira a las caras para no verse reflejado en ellas. Azul empieza a caminar mirando al suelo: un pie, otro pie, mira estos pies, se da cuenta de que son sus pies favoritos.

*
Azul, por ejemplo, es el quinto color del espectro solar, y en estos momentos se recuesta sobre la persiana de una droguería.

Ahora escribiré otro truco, otro naipe marcado: Azul mira pasar la gente hasta reconocer la figura de un chico, le sonríe, mechones rojos debajo de un gorro de marinero, camisa blanca de manga larga. Le grita.

Desde diez metros de distancia, a modo de saludo, los dos repiten, gesto por gesto, el mismo ritual: se desabrochan los botones del pantalón y se los bajan, se bajan a su vez los calzoncillos, quedando desnudos de cintura hacia abajo. Con la mano izquierda se agarran el pene y comienzan a agitarlo con movimiento circular. Entre sus dedos sobresalen sus capullos y parte de su falo, girando a gran velocidad como si fueran las aspas de dos helicópteros.

Se suben los pantalones y recorren la distancia que los separa. Se dan un abrazo. Cuánto tiempo, con quién estás. Nada, con unos colegas de la uni. ¿Tú estás solo? ¿Estás borracho? Me he perdido, pensaba volver a casa, perdido, derrotado y sin señales coger un taxi, pero es pronto, y ahora las cosas van a mejorar, he potado, estoy mejor, me voy con vosotros, vamos a quemar los bares, y luego a cerrarlos, a precintarlos ¿Y ésa? ¿Ésa va contigo? ¿Amiga tuya?

Bueno, sí, no, esa es Kokua. Es extranjera.

*
Ella lleva un abrigo, pero se lo quita cuando entra en el siguiente bar. Azul la acompaña a la barra a pedir y, luego, casualidad, los dos tienen que ir al servicio. En el baño de chicas la cerradura está rota, posiblemente alguien le haya dado una patada. Azul la sujeta desde fuera mientras Kokua en el interior (espejo sucio, suelo encharcado de orines, papel higiénico mojado, barro negro traído de la calle) mea. Al salir, ella le sonríe: vuélveme a decir, por favor, lo que me dijiste antes.

Azul se acerca y retira el pelo que cubre su oreja. Huele su cuello. Con la boca llena de saliva le sigue diciendo con la voz de Rilke:

Oh, y la noche, la noche
cuando el viento llega despacio
y roe el rostro... ¿con quién se quedará
ella, la anhelada, que engañosa se cierne
sobre el solitario corazón?
¿acaso se hace más leve a los amantes?
¡Ah, ellos se ocultan mutuamente su destino!
¿Aún no lo sabes? Suelta tu vacío
en el espacio que respiramos; quizás las aves
sientan con hondo vuelo la plenitud del aire.
Sí, la primavera te necesitaba. Muchas estrellas
esperaban que tú las contemplaras.
Del pasado una ola te alcanzaba, o al pasar
delante de una ventana abierta las notas
de un violín se te entregaban. Todo era un mensaje,
pero ¿lo has comprendido? ¿No te distrajo la espera,
como si todo te anunciara
una amada? (¿Cómo le darías abrigo
cuando todos los grandes y extraños pensamientos en ti
van y vienen, y a menudo se quedan en la noche?)

*
Ha funcionado: Azul está follando por primera vez, follando en el muro del paseo marítimo. Las estrellas brillan inmensas en el cielo, pero más inmenso es el espacio que las separa. Follando cerca del mar, dentro de algo, tal vez dentro del amplio espacio del mar.

*
Te contaré un secreto: esto es un cuento.

*
Kokua, ah, Kokua, Azul te abraza; sus brazos dan tres vueltas alrededor de vuestros cuerpos.

*
La noche como una rueda de juguete unida a un palo de plástico. Jugar. Por cualquier superficie la noche dará vueltas, por las aceras, por las paredes de los bares, por los cristales inmensos lagos del Maremagnum, por una mujer, por encima de una chica con pantalones ceñidos y carísima y apretadísima camiseta de tirantes. La chica que ahora se besa con Azul, la chica-túnel por la que desaparecer hacia el sueño, hacia otra realidad más real. La señal más cercana que a Azul se le pueda ocurrir, esta señal con grandes tetas.

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Carlos González Zambrano


Carlos González Zambrano nació ideológicamente en el Sur, en 1973. Cursó estudios universitarios por allá cerca, lo que le abocó irremediablemente a un trabajo precario y un sueldo bizco. Es un gran amante de la lectura, afición que ha contribuido a mejorar el léxico de su pareja, que se ha visto obligada a recurrir con frecuencia al diccionario en busca de nuevas variantes de recriminaciones para demandar atención.
Extremófilo confeso, practica semanalmente terapia en su blog http://extremofilos.blogspot.com
Actualmente escribe a ratos.


Aquellos maravillosos años

Mi infancia, como la de cualquiera, estuvo plagada de monstruos. A los dos años, el lobo comenzó a importunar mis primeros pasos y coartaba mi recién estrenada verticalidad. Cuando comenzaba a domarlo, la bruja asomó su verruga y tomó el relevo en mis pesadillas. Los círculos que trazaba con su escoba señalaban la frontera de mis incursiones. Tenía cuatro años la primera vez que me llevó el hombre del saco. Sus secuestros duraban lo justo para mantenerme atemorizado y evitar que nadie reparase en mi ausencia. Para mi quinto cumpleaños, me regalaron la amenaza del coco, cuya asechanza inquietó varios años de mi vida.
Con el tiempo, los monstruos se hicieron noctámbulos y mi insomnio, crónico. Las ranuras de los armarios se poblaron de ojos, los bajos de las camas se llenaron de murmullos y la ropa de la cama amanecía mojada con frecuencia. A punto de abandonar la infancia, el monstruo de la ceguera perturbó mis primeros episodios onanistas en el cuarto de baño.
De todos aquellos monstruos, ninguno tan terrorífico y perdurable como la silueta que llenaba el marco de la puerta de mi dormitorio y que anunciaba su visita con estrépito de cristales rotos. Las noches en que aparecía, me zambullía en las sábanas y permanecía inmóvil, con la esperanza de no ser descubierto. Algunas mañanas me despertaba con extrañas marcas en los brazos y evitaba mirar hacia la puerta, temeroso de descubrir la silueta del monstruo, que a esas horas besaba a mamá en la mejilla y se despedía hasta la tarde.

El manicuro

Apenas tenía cuatro años cuando descubrió algo que habría de marcar el resto de su vida: las uñas crecían. Muy pronto tomó la determinación de sorprenderlas en pleno proceso de crecimiento, hasta el punto de transformarse en una obsesión. Tardó poco en adquirir la condición de insomne y no dudó en recurrir a las drogas para ahuyentar el sueño; tal era su empeño.
Escogía sus amistades y sus parejas en función de las uñas; poco importaba que fueran mujeres de ubres bizcas, carentes de conversación, que emanaran un aliento de cloaca o exhibieran costumbres portuarias; bastaba con que exhibieran uñas fuertes y bien esculpidas. Estudió manicura y montó su propio gabinete de belleza y estética. Para sus vacaciones, elegía algún pueblo incomunicado, donde nada le distrajera y pudiera dedicarse en cuerpo y alma a la observación de las uñas.
También inventaba trucos, que le granjearon entre sus conocidos fama de excéntrico: se pintaba las uñas con colores llamativos, creyendo que así le resultaría más sencillo percibir el crecimiento; practicaba muescas en las uñas, con idéntica intención; se ataba las manos a los barrotes de la cama y las grababa en vídeo mientras dormía.
Las rarezas se acrecentaron tras la jubilación. Con todo el tiempo a su disposición, ingresó de modo voluntario en un asilo, y no hacía otra cosa que observar sus manos. Confiaba en que la senectud le confiriera una serenidad que le posibilitara adaptarse a la velocidad de crecimiento de las uñas.
Nada le dio resultado.
Finalmente, su insistencia pareció tener recompensa: cuando exhalaba su último aliento, creyó apreciar el crecimiento de las uñas. Eso sí, siempre le quedaría la duda de si realmente había visto las uñas crecer o la piel retraerse.

Pasarela

Mientras le abrochan el último botón del vestido, de la misma talla que el de las modelos de las revistas, piensa con satisfacción que, después de todo, ha merecido la pena tanto sacrificio, que tantos días sin probar bocado han servido para algo. Pero enseguida vuelve a sentirse frustrada al comprobar que el ataúd que le están probando le queda demasiado estrecho.

Verdades como cuchillos

Si fuese sincero contigo correría el riesgo de decirte la verdad.

De tal palo

-Cada día te pareces más a tu padre- le dijo a su pequeño ovillada en un rincón, con el labio partido y dos costillas rotas.

El goce hace el cariño

Ni verse podían, así que optaron por hacerlo con las luces apagadas.

Reciprocidades

Desde que conocieron la noticia esta mañana, no se miran igual. Sentados en los bordes opuestos de la cama, se evitan, se dan la espalda. Saben que es absurdo permanecer así toda la noche, así que al cabo se tumban, se tapan con las sábanas, apagan la luz, se dan las buenas noches; pero no logran dormirse: aquella palabra preñada de culpa revolotea sobre sus cabezas como un moscardón impertinente. Bien entrada la noche, los cuerpos, que nada saben de cargo de conciencia, actúan por su cuenta: se aproximan, se tocan, se relajan, se acomodan, la espalda de ella contra el pecho de él. Mientras, el moscardón continúa zumbando su culpa. Transcurridos unos minutos, ella se gira y le encara, él la toma de la cintura y la atrae para sí. Se miran, se sonríen. “Nuestro hijo va a salir tonto”, dice él. “Como nosotros”, dice ella. Y se besan, se acarician, se descubren, se dilatan las pupilas.

Seres mitológicos: el amado

A la enamorada le bailaban mariposas en el estómago y se sentía como en una nube, y no era para menos: el amado le había guiñado un ojo. La amiga, que presumía de pragmatismo y se jactaba de tener los pies en el suelo, le aconsejaba que no se confiara, todos los hombres son iguales, le decía también. La enamorada no escuchaba o fingía no escuchar, y observaba alelada un punto indeterminado frente a ella. Acuérdate de la última vez, te ilusionas demasiado y luego, ya sabes, razonaba la amiga, tratando de no resultar demasiado brusca. Pero la enamorada no sabía y se limitaba a sonreír. ¿Estás segura de que te ha guiñado?, ¿no habrá sido un simple parpadeo?, probaba la amiga. Tu problema es que no confías en nadie, respondía la enamorada, segura del guiño, y así te va, apostillaba con cierta malicia.
Ajeno a todo, el cíclope pensaba en sus cosas.

Cuento de más horror si cabe

a Arreola

El fantasma que amé se ha convertido en mujer.


Un cliente habitual

Después de todo un día en la carretera, era de agradecer que usted me recibiera con una sonrisa de oreja a oreja. Acostumbrado a la rutina de los hoteles, le entregué enseguida el DNI y usted asintió apenas. Bienvenido, señor Parrado, me dijo sin borrar la sonrisa, su habitación es la 2032, segunda planta a la derecha, el ascensor se encuentra al fondo del pasillo. Recogí el equipaje del suelo y la llave que usted me ofrecía. Una placa en la solapa de su chaqueta me reveló que su nombre era Carolina Ferrer. Me retiré a mi habitación pensando en el cliente que debía visitar al día siguiente para instalar un nuevo programa informático. Antes de tomar el ascensor la miré de reojo desde el fondo del pasillo y me pareció ver que aún sonreía.
Ese mes regresé en cuatro ocasiones al hotel por motivos laborales, tres veces fue usted quien me dio la bienvenida con su sonrisa de oreja a oreja y me entregó la llave de la habitación, siempre la 2032; la cuarta me recibió un chico joven, con el nudo de la corbata ligeramente desplazado hacia la derecha y una justa corrección. Me alojó en la 3124. Aquella noche apenas pude dormir.
Una vez instalado el programa, bastaba con que viniera cada tres meses, y más por mantener la confianza del cliente que por necesidad real. De buenas a primeras, me encontré pretextando motivos para volver a su ciudad y urdí nuevas visitas. Reservé habitación en su hotel varios fines de semana consecutivos, con la única intención de encontrarla tras el mostrador. En esas visitas pude recorrer las calles como lo haría un turista, distraídamente, sin prisas, y creo que empecé a amar su ciudad simplemente porque era la suya, señorita Ferrer. A esta predisposición al esparcimiento contribuyó el hecho de que siempre la encontraba a usted tras el mostrador, coincidencia que me llevó a sospechar, primero, y a desear, después, que usted chequeaba todas las semanas las reservas y hacía coincidir su turno con el día de mi llegada.
No tardamos en establecer conversaciones más allá de los saludos; excusados en mis visitas a la ciudad, usted inventaba recomendaciones, yo agradecía, usted proponía alternativas, yo le sugerí un libro, usted aconsejó una película.
Así las cosas, parecía natural que un sábado se ofreciera a acompañarme al museo al día siguiente, en su día libre, a una exposición itinerante de arte persa. Accedí, por supuesto, a pesar de que el arte persa no me interesaba lo más mínimo. El domingo transcurrió más rápido de lo habitual, usted me explicaba los detalles de la exposición, yo pensaba si todo eso lo sabía de antes o lo había memorizado para mí, almorzamos en un bar cerca del museo, luego paseamos por la orilla del río y hablamos de esto y de aquello, y ya avanzada la tarde nos despedimos en una parada de autobús, yo camino del hotel, usted de su casa.
Fue un día maravilloso, y no supe si agradecérselo o agradecértelo.
En mi siguiente estancia en el hotel, te encontré sonriendo como de costumbre tras el mostrador de recepción, te enseñé el DNI y usted, en lugar de entregarme la llave de la 2032, me diste la de tu casa. El lunes llamé a la empresa para pedir el traslado a tu ciudad, que me concedieron sin demasiadas trabas.
A partir de entonces, jugábamos a que tú eras la recepcionista y yo el cliente: yo llegaba a casa y te mostraba el DNI, y tú sonreías y me dejabas pasar. Luego, con la excusa de hacer el juego más ameno, ensayamos alternativas: el nombre de mi DNI no coincidía con ninguno de tu listado, chequeabas todas las entradas previstas para el día y descubrías que mi nombre estaba mal trascrito, recuperabas entonces la sonrisa y me entregabas las llaves de tu casa. Otra veces yo olvidaba el DNI, tú no tenías más remedio que mantenerte firme y negarme la llave, yo trataba de hacerte ver que era un cliente habitual, te retirabas un instante a consultar con tu jefe y finalmente me dejabas pasar, no sin dejar de advertirme, con una sonrisa que me parecía forzada, que la próxima vez no me darías la llave si olvidaba el DNI, son normas del establecimiento.
Hartos de la misma rutina, nos dio por complicar el juego: yo llegaba al mostrador y sacaba el DNI, tú sonreías como siempre, mirabas tus listados, levantabas la cabeza y me decías que no tenía reserva, yo intentaba convencerte de lo contrario, te daba nombres de secretarias, de agencias de viajes, tú verificabas tus listados y negabas con la cabeza a cada nombre que yo te daba e ibas borrando la sonrisa, simulábamos entonces una discusión que poco a poco subía de tono, yo afirmaba con convicción haber efectuado la reserva, tú negabas sin sonrisa, finalmente deducías de mis palabras enojadas que la reserva la habían hecho para el día anterior, me explicabas seria que al no haber llamado para modificar la llegada, la reserva se cancelaba automáticamente, censurabas mi actitud con tu seriedad y acababas por entregarme la llave, aclarándome que había tenido suerte de que hubiera una habitación disponible aún.
A pesar de los cambios que íbamos introduciendo, el juego terminó por aburrirnos. Tú, que siempre fuiste más cabal, propusiste ponerle fin, pero yo, en un último intento de prolongar la diversión, me presenté ante a ti sin previa reserva y exigí la llave con severidad, tú me recibiste con la sonrisa de siempre y me dijiste lo siento, no hay reserva a su nombre, yo protesté como nunca, te increpé con una actitud chulesca, tú guardaste las formas y te esforzaste en buscar una habitación, lo lamento, caballero, me dijiste, de momento no hay habitaciones disponibles, es posible que un cliente abandone la habitación un día antes de lo previsto, si no le importa esperar un rato, dijiste, yo me senté frente a recepción y fingí un enojo que a estas alturas casi lo creía cierto, estaba convencido de que había alguna habitación libre que no me dabas, tú permanecías seria tras el mostrador, mientras dabas la bienvenida y despedías a otros clientes. Al cabo, me acerqué al mostrador y volví a preguntar por la habitación, seguro que hay alguna habitación reservada para los clientes habituales, dije, todos los hoteles lo hacen, apostillé, tú mirabas los listados sin levantar la cabeza, ¿cree usted que si hubiera alguna habitación libre no se la daría?, respondiste en tono neutro, y yo regresé malhumorado al sofá. Pasados unos minutos, me llamaste con un gesto de la mano, ya tenemos habitación, dijiste, aquí tiene su llave, señor Parrado, dijiste también, y yo recogí la llave de la 2032 y me perdí en el pasillo, con la convicción de que no regresaría más a este hotel, señorita Ferrer; no se puede tratar así a un cliente habitual.

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José Antonio Ruiz


José Antonio Ruiz (Madrid, 1972) reside en Helsinki. Mozo de almacén, traductor y profesor de español según qué días, escribe y dibuja y se licenciará en breve en Filología Hispánica. Ha publicado en diversas publicaciones y en la antología para jóvenes escritores finlandeses Ryhmä 99 (Grupo del 99) de la editorial Tammi.

La prosperidad del alambre de espino

Sigue siendo un misterio que llegara a X cuando en realidad él se dirigía a Y. Lo fácil sería pensar que se equivocó de tren, o que se quedó dormido y el tren realizó un cambio de vía no contemplado en el trayecto. Alguien con la imaginación audaz pensará que debió de perder la memoria, que se golpearía la cabeza al salir, trastabillado, del coche-restaurante —las copas de más, el talud de la cordillera, el vértigo de mirar las traviesas—. Pero es inútil buscar una explicación sencilla. Simplemente no hay explicación. Quizá porque esta historia se parece demasiado a la de cualquiera.
Con ese aire indefenso tan común en las estaciones de tren, nuestro héroe corría de un panel informativo a otro, cotejando letreros, preocupado por encontrar su andén. Se marchaba. Como nos hemos marchado todos alguna vez. Aún puedo oírlo improvisando argumentos —como quien consulta con la almohada— con la máquina expendedora de café. Cuánto coraje hace falta para tomar cualquier decisión, cuánto le temblaba la voz al oprimir el botón del café capuchino. Después lo veo caminar por el andén, sacando el billete manoseado y húmedo, cerciorándose una vez más. Sí, sí, este tren se dirige a Y. ¡Viajeros al tren!
Valor, se dice el héroe al entrar en el vagón de segunda, sosteniendo en alto el billete, buscando su asiento. ¿Acaso no podría ser éste su número de la suerte? Dejó la única maleta en el portaequipajes y se sentó junto a la ventanilla. En la maleta llevaba una muda limpia, un cepillo de dientes y un muestrario de alambre de espino. Porque él creía en el futuro, y en el alambre de espino. El vagón se llenó de pañuelos blancos, de manos, de aceleración. Después se oyó el sollozo o el bostezo de una mujer, y el crujido de unos asientos viejos y achacosos, tapizados de fantasía en algún sótano de extrarradio. En el andén quedó el bochorno, y los bancos vacíos, y un niño que perdía a la carrera. Nuestro héroe apoyó la cabeza en el cristal y se despidió de nadie.
Más tarde, al quedar atrás los suburbios y las fábricas, allí donde las casas se escondían ahora entre coníferas y menudeaban las vacas, llegó la cantinela del revisor pidiendo los billetes. Avanzaba por el pasillo con el paso renco, sorteando los cazamariposas de las niñas y los resfriados del aire acondicionado. Qué bien las ciudades de veraneo, los aguijones de las abejas, las faldas de las montañas. Billetes. Billetes. Y es final de trayecto, sí, señor. Yo calculo que llegaremos en tres horas. Y el revisor que marcaba con dos agujeritos, como el mordisco de un vampiro, el billete del héroe. Horas después, con algo de retraso, el tren se detenía en X sin ninguna explicación.
Era una tarde cálida, de isobaras benignas y renacuajos en las charcas. Los viajeros bajaban del tren, cargando sus bultos, a reunirse con los suyos. Había abrazos y risas en el andén, y confeti al fondo, y un niño que jugaba a la rayuela. Se vacían de gente los vagones, se llenan de silencio. En un compartimento privado alguien olvida un puñadito de tierra, mientras el último camarero recoge vasos muertos de risa en el coche-restaurante. Adiós a la estación. Todos quieren ir a casa y estar rodeados de un olor familiar, ojalá que a torrijas. El fin de semana, si hace bueno: Bueno, te llevo al teleférico. Sílbame un taxi.
Los viajeros abandonan la estación y se pierden. Más tarde se cruzan, o se encuentran en éste o en otro tren. Unos se recuerdan y hacen un gesto ambiguo, un saludo con reserva, y piensan eso de que el mundo es un pañuelo.
Nuestro héroe también ha bajado del tren. Está en X y no se queja. Además, tampoco puede decirse que le haya ido mal aquí. Más bien todo lo contrario. Se ha casado con una mujer de manos finas y delicadas, con una sonrisa sincera y un alegre vaivén para cruzar las calles. Tienen una hija de pocos años. La niña, pizpireta, reniega de las coletas los días de fiesta. Siempre anda saltando a la comba, o subiendo a los manzanos; no hay manera de que se esté quieta la niña, de que sus rodillas no estén rasguñadas. Es un trasto, sonríe la mujer de nuestro héroe. Qué bien recita ya la tabla del siete, dice él, viéndola corretear por el jardincito del chalé adosado. Por si fuera poco, el alambre de espino ha florecido en las tapias. Trepó primero la pared del cementerio. Luego lo vieron subir a las cancelas de las casas solariegas y bordear el recinto del colegio. Las urbanizaciones de chalés adosados lo acogieron también con esperanza: Qué buenas propiedades las de este alambre, cuánta confianza inspira, se oía por sus calles hospitalarias. El suyo es un negocio próspero. Le ha ido bien X, no hay duda.
A nuestro héroe le gusta despertar temprano, cuando todos duermen y el sol aún no aprieta. Silbando alguna melodía, riega entonces las gardenias que florecen cada primavera en el jardín. El héroe y su mujer se llevan bien. Yo creo que se quieren, aunque a veces estas cosas se olvidan con el tiempo. Quince años de casados no los cumple cualquiera, le felicitan los vecinos, afables, en la cola de la pescadería. Mañana también calor. Mañana no deje usted de ir a la feria. Un espectáculo. Todo un espectáculo, le dicen también.
Qué bien le han recibido todos en X, con los brazos abiertos. Qué amable y servicial es la gente de aquí. Basta que haga falta cualquier cosa para darse cuenta. Sal, un huevo, casi no hay ni que pedirlo. En Y, quién sabe cómo será la gente, se dice nuestro héroe. Tal vez los ciudadanos de Y sean ariscos y taciturnos y no reciban bien a los forasteros. Allí no será tan festiva la bocina del camión de los helados, ni se cubrirán de púrpura los árboles en otoño, ni habrá ferias de este relumbre. En Y, tal vez sean tristes los letreros. Nuestro héroe piensa en estas cosas, en Y, mientras riega las gardenias; los remordimientos acechan desde el fondo de la regadera.
El héroe y su mujer son felices, ¿no? Él podría pasar horas contemplándola, la vida entera. Nadie cree en él cómo cree ella, nadie recoge con esa gracia las hojas caídas en la hierba. Si él se lo pidiera, la mujer se despertaría temprano para prepararle el café. No lo dejaría solo silbando a las gardenias. Solo en la cocina, con la resistencia del tostador. Un día bizcocho, otro tortas de anís. Hoy, pan frito. Ella lo haría encantada, con todo el amor del mundo, ¿no? Lo despediría en la puerta con un beso, como hacen tantas otras esposas. Adiós, cariño, no trabajes demasiado. Pero él no se lo pide. Él la deja dormir. Porque en esos ratos que pasa solo —en la cocina desierta, en el jardincito de las gardenias— nuestro héroe piensa en Y. En la mesa, sí, está abierto el muestrario del alambre de espino, y él lo estudia con naturalidad, como un hombre que se va al trabajo. Pero cuando hierve la cafetera, con el ruido antiguo de un tren de vapor, a nuestro héroe le asaltan los remordimientos. ¿Por qué la felicidad no basta?
Él sería dibujante en Y. Un gran dibujante de cómics. Qué bien se le daba el dibujo en el colegio, con qué afán llenaba las cuartillas: una granada de mano, un biplano de acrobacias, una heroína enjaulada. Cuánta admiración y cuánta envidia despertaba entre sus compañeros de clase. Dibújame un pez volador, tú.
El héroe piensa en su vida en Y, se pregunta cómo será. Tal vez en Y lo despidan con un beso en la puerta. O tal vez allí no tenga ni esposa ni hija. Sí, a mí me parece que en Y él es soltero y dibuja cómics. Las mañanas más lúgubres —porque en X también hay mañanas así— piensa en aquel viaje en tren ya lejano y también él intenta ponerle alguna explicación, algún túnel en el que se quedara dormido, algún traspié y un golpe en la cabeza. ¿Le esperaría alguien en la estación?
Ahora, en este preciso instante, debe de estar lloviendo en Y. La gente abrirá los paraguas o se refugiará en algún café o… ¿Qué hará la gente? ¿Cómo será esa ciudad? Nuestro héroe se dice que uno de estos días piensa averiguarlo. Comprará un billete de tren e irá a visitar la ciudad. Uno de estos días. Quizá mañana mismo. Pondrá en la maleta la muda limpia, el cepillo de dientes y el muestrario de alambre de espino. Seguro que en Z será igualmente feliz.